¿Estamos en crisis de que?

por Roberto Simeón

Es ya frase común afirmar que estamos en crisis, pero no explicamos qué queremos decir con ello. Hace una década surgió una nueva Biblia socioeconómica con el libro de Francis Fukuyama “El fin de la Historia”, en el cual manifestaba como verdad revelada que al llegar la globalización se decretaba la muerte de la historia y las ideologías, el triunfo del capitalismo y la muerte del socialismo. Hoy vemos que aquella predicción era un divorcio con la realidad, como lo han sido todas las profecías al confundir la idealización con la realidad viviente y mutante.

La realidad para muchos es forma grosera de materia tangible o situación a la que hay que subordinarse, sin comprender que es compleja y son interactuantes sus factores constitutivos; cada uno de ellos, con diferentes energías en diferentes tiempos, modifican y son modificados por otras realidades. El río de Heráclito sin causes predeterminados.

Esta concepción de la realidad, al cual Víctor Raúl Haya de la Torre denominó “espacio-tiempo-histórico”, al efecto de precisar su concepción, explicaba que lo integraban personas, factores telúricos, étnicos, sociales, económicos, culturales y psicosociales. Aclaraba que no es la suma de elementos, sino que es independiente a sus componentes, es unidad, es esencia, y la actividad de la persona en relación a las demás y otros factores de la realidad en un tiempo determinado, crea la fenomenológia de la realidad.

La persona, único agente de cambio consciente, puede intencionadamente pretender lograr la percepción ontológica de la realidad para modificarla -praxis-, y en esa pretensión se modifica a sí mismo (reversión de la praxis). La piedra lanzada contra la muralla modifica la piedra y la muralla.

Consecuente con esta interpretación del fenómeno histórico, rechazamos en su momento la interpretación “del fin de la historia”, como antes lo habíamos hecho con la interpretación lineal que nos aproximaba a una sociedad ideal. No aceptamos tampoco que cada sector social tiene una misión que ha de cumplir y desaparece al concluir su capacidad productiva; visión teatral de la historia, en que cada actor tiene un papel predeterminado en la obra y desaparece cuando su libreto ha terminado.

Al producirse el hecho histórico, aparentemente la causa inicial de la crisis no muestra importancia protagónica y desaparece al inicio mismo del fenómeno, no resultando predecible el proceso, porque la atención se enfoca en lo aparente, en una acción circunstancial y no en los factores estructurales determinantes. En forma objetiva y actual sería erróneo interpretar que la pretendida legitimación de la violencia generalizada, y la imposición del derecho de la fuerza sobre la fuerza del derecho a nivel internacional, tienen relación con la destrucción de las torres gemelas de Nueva York.

Estas reflexiones previas nos permiten retomar el tema: ¿Estamos en crisis? ¿La crisis de qué? Es la crisis de la sociedad capitalista, no es una crisis coyuntural, ni la crisis del capitalismo norteamericano.

La globalización e imposición de la desregulación laboral es manifestación de la crisis, y conforme a la teoría de Robert Kurz era absolutamente necesaria para un ajuste de cuentas con el pasado. Coincidimos con que el capitalismo ha llegado a su límite histórico, pero no por un proceso puramente económico en que ha cumplido al máximo el desarrollo de las fuerzas productivas de que es capaz, sino porque además de su ineficacia de resolver la problemática de las grandes sociedades contemporáneas y las necesidades económicas de la numerosa población depauperada, han concurrido en forma determinante otros factores de la cultura y sus valores. Se han formado diversas entidades sociales nuevas y elementos que norman la conducta, individuales y psicosociales, modificando la realidad con energías renovadas que modifican el proceso histórico.

La sociedad capitalista, en el intento de imponer un nuevo orden mundial, lo cual resulta muy evidente en USA, establece el contrasentido por excelencia en lo que llaman la era de la globalización, y se expresa en una frase feliz: “Las bancarrotas se socializan y las ganancias se privatizan”.

Hemos visto cómo se financian empresas privadas en bancarrota, se brindan subsidios o no se investigan adecuadamente operaciones fraudulentas en la bolsa. El costo de esta “política” se pasa al contribuyente, es decir, se socializan las pérdidas. En otras ocasiones, en forma muy evidente en Nuestra América, se privatizan empresas de altos rendimientos, vendiéndolas a precios de “gallina flaca”, es decir, se privatizan las ganancias.

Generalmente se identifica la explotación imperialista con la sociedad capitalista. Esa identificación de los intereses financieros y productivos con el estado es una realidad que ya está caducando. En esta fase el capitalismo se independiza y aliena al estado en cuanto a su participación en la dirección económica. El proyecto no es nuevo. En USA, desde el 23 de diciembre de 1913, la Reserva Federal, organismo que determina la emisión del papel moneda y los intereses bancarios, es una empresa privada, propiedad de un grupo de bancos, y el estado de modo alguno puede adquirir acciones en la misma o influir en sus decisiones.

Esta estrategia y táctica de la sociedad capitalista está dirigida a debilitar al estado y cuando menos a subordinarlo a los fines de que éste tenga elementos persuasivos militares y policíacos para imponer el proyecto económico de la globalización. Un ejemplo es cómo el actual gobierno norteamericano se ha convertido en el aparato militar que actúa al efecto de imponer la política de las empresas petroleras cuando y donde sea necesario.

Las potencias empresariales, al efecto de imponer la globalización en los estados periféricos o en sus enclaves logísticos o productivos, ejercen presión creciente al efecto de que el estado no tenga medios para realizar una política de crecimiento económico -no la confundamos con el crecimiento del producto interno bruto-. En los estados donde ellos establecen sus centros de operaciones imponen de inmediato la desregulación laboral, al objeto de debilitar las bases sociales e imponer a los trabajadores y sus organizaciones una política de subordinación, con la amenaza de trasladar sus centros de trabajo a áreas en que las regulaciones sobre el trabajo y la seguridad social es deficiente y la mano de obra es numerosa.

Sin entrar en el debate histórico de Lenin y Víctor Raúl Haya de la Torre, en el que el primero calificaba al imperialismo como la etapa superior del capitalismo, mientras que Haya de la Torre afirmaba que en Nuestra América era un etapa previa, podemos afirmar que en el presente, el viejo concepto de imperialismo ha caducado en el sentido de que era política de estado, la cual se ejercía fundamentándose en la interpretación de los intereses de la clase dominante. Hoy, en forma más definida, se trata de que la función de los estados estén subordinados a los intereses de monopolios y oligopolios empresariales o financieros, que son organismos transnacionales o entidades dependientes de estos.

La democracia liberal, expresión política del viejo capitalismo, pretende distanciarse del capitalismo de mercado, al resultar evidente la irreversible degeneración de la llamada democracia representativa, por la creciente abstención popular en las elecciones y en las actividades partidistas, y la cada vez más creciente y decisiva participación del dinero como gran elector -en las pasadas elecciones votaron en los Estados Unidos poco menos del 33% de los ciudadanos con derechos al voto-, no obstante los gastos de la “maquinaria electoral” crecieron cada vez más, así como la manipulación de los medios de prensa al objeto de “orientar al elector”. Realmente este intento de la democracia liberal está fuera de la realidad. En los primeros tiempos es posible que conceptualmente no estuviera identificada con el capitalismo, pero hoy lo está. Usando una expresión popular: en un tiempo la leche y el café eran diferentes, después se unieron, y el café con leche es una sola cosa.

Durante la guerra fría aún existían estados nacionales con ejercicio del poder. Concluida ésta todo cambió. Los grandes consorcios empresariales y financieros iniciaron su integración para imponer la globalización. Las naciones pierden progresivamente su poder político. Cada vez los estados declinan su soberanía; pueden ser centros estratégicos y de logística de los consorcios financieros y políticos, pero no el centro del poder.

Hablar de imperialismo como en los viejos tiempos es un anacronismo. Estados Unidos no es ya un estado imperialista, es un enclave importante de la nueva clase empresarial para imponer la globalización. La lucha se plantea entre los consorcios capitalistas y financieros sobre si el gobierno ha de estar al servicio de las empresas petroleras y de la industria de guerra, o no lo esté. El movimiento obrero y el pueblo en general no tienen la adecuada organización y comprensión del problema para en corto plazo poder ejercer la soberanía, pero es notable que cada día el problema se hace conciencia en todos los niveles sociales.

El creciente gigantismo de los monopolios, oligopolios y consorcios financieros acrecientan su independencia política y hacen impotentes a los grandes estados. El fenómeno se experimenta en los Estados Unidos con singular fuerza, y acrecienta su poder en la Comunidad Europea y en el Japón. En los estados más débiles dictan sus ukases.

El hecho es que vemos a los Estados Unidos de América cada vez más endeudados y dependientes del sistema financiero mundial, y, conforme el informe de la agencia Weiss Ratings, al menos un tercio de las empresas de USA cotizadas en bolsa podrían haber manipulado sus resultados financieros y están sobrevaloradas. Los fraudes y timos de algunas de ellas recorren el mundo: Enron, Arthur Andersen, Dynegy, Adelphia, WorldCom, Xerox, Merrill Lynch, Tyco y muchas más son solo algunos nombres de referencia a grandes escándalos del capitalismo contemporáneo. El premio Nobel, Stiglitz, ha definido en su último libro al capitalismo occidental como “un capitalismo de amiguetes” y el endeudamiento de USA crece día a día.

Es un error identificar a USA con el complejo militar-industrial más poderoso de la tierra. Nos confunde a veces, porque identificamos la base operacional y logística con el estado en que se encuentra. Estados Unidos hoy vive en un mundo en que ha perdido credibilidad. El fraude denunciado por comentaristas de todo el orbe de las ultimas elecciones presidenciales y la comprensión de que no fue más que una manifestación de un mal endémico del sistema electoral, que por muchas décadas ha padecido el país a todos los niveles, ha sido muestra de una realidad que se ha querido desconocer.

La situación de USA la han expuesto economistas del prestigio de Paul Samuelson y muchos otros destacados profesores universitarios, explicando la grave situación del país, que en creciente endeudamiento, ha entrado en la recesión y deflación, y que John K. Galbraith, indiscutida autoridad en la materia desde las páginas de “The Observer” de Massachussets, ha denunciado que el pueblo norteamericano camina precipitadamente a la depresión. Estas autorizadas manifestaciones nos permiten avizorar un “crack” tan grave como el ocurrido en 1929, pero con consecuencias internacionales mucho más trascendentes a niveles económicos y políticos en el mundo entero, en consecuencia del cual las estructuras sociales y políticas han de sufrir una profunda transformación y se replanteará toda una relación estratégica internacional esencialmente diferente.

Esta crisis tan evidente en los Estados Unidos no es una crisis del país, es la crisis del capitalismo producida por la globalización de las empresas en general y el complejo militar industrial del cual son componentes protagónicos las organizaciones comercializadoras del petróleo y los consorcios financieros internacionales.

La pretensión de intentar crear un nuevo orden capitalista, el cual tiene los pies de barro, estruendosamente se derrumbará. Las especulaciones financieras y las presiones del Fondo Monetario Internacional, al imponer en los estados -especialmente los más débiles- las mayores estrangulaciones, muestran en forma creciente su inoperancia en relación a los objetivos perseguidos. No pueden comprender que los pueblos se encaminan a un proceso, aunque sea en estos momentos tímidamente. Una vez superado el presente caos generará un dinamismo acelerado a nivel internacional, creador de nuevas sociedades.

Los especuladores financieros han creado un mundo dramáticamente ficticio. Los fraudes empresariales en la bolsa de valores de las macro-empresas quebradas -hechos sin precedentes- han sido puestos al conocimiento de la opinión pública internacional. El presupuesto de guerra de USA, el más grande de la historia -400 mil millones de dólares-, es en un intento absurdo de reactivar una economía que ha entrado en crisis definitiva, mediante políticas que resultan evidentes que no permitirán reactivar la economía y detener la depresión.

La crisis del sistema capitalista es global. En Estados Unidos es más espectacular, porque es su enclave más importante de operación estratégica y logística. Todo parece indicar que los gritos avisando la invasión de los bárbaros y los pronósticos de la caída de Babilonia han de ser inútiles, pero han de repercutir en toda la tierra. Y quizás China sea la única que pueda resistir parcialmente las consecuencias de la crisis.

Alan Greenspan, Presidente del Banco de la Reserva Federal, comprendiendo la gravedad del problema, ha hecho todos los esfuerzos por detener la crisis, tratando de mantener las tasas de interés a niveles mínimos que resultan peligrosos. Ha zurcido aquí y allá, pero él debe saber que todo es inútil, porque se ha creado un mundo financiero ficticio.

El mercado de bonos “burbujas” estallará, conforme criterio generalizado por numerosos economistas, cuando se produzca algún nivel de recuperación del mercado y suban los niveles de los intereses. Traspasar los mismos al mercado de la deuda pública ha provocado una sobrevaloración y una rentabilidad mínima de los mismos, la cual no se había conocido en los últimos 60 años.

Pero reiteramos: este fenómeno no es una crisis coyuntural del capitalismo norteamericano, es una crisis de la sociedad capitalista. La economía alemana ha disminuido su crecimiento, la contracción económica en el Japón no se ha podido superar. La recesión, la deflación y depresión son las normas en los enclaves estratégicos empleados por los que aspiraban a un nuevo orden capitalista, y no hay razones de que pueda emerger el mundo por ellos creado.

El hambre se universaliza, nuevas formulaciones y estructuras sociales van tomando forma. Muchos ya consideran que otro mundo es posible: en que las guerras, el hambre, la desnutrición infantil, la marginación y exclusión social sean temas de estudios de la vieja sociedad que el capitalismo había creado.

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