Miroslava.

A medio siglo de su trágica muerte, la figura de Miroslava ha adquirido un culto especial entre los nostálgicos del cine mexicano de la época de oro y entre las nuevas generaciones de cinéfilos, quienes probablemente se enteraron de su existencia a través del filme de Alejandro Pelayo, basado en el cuento de Guadalupe Loaeza.

Para el cine mexicano, la presencia de Miroslava significó un toque de internacionalismo acorde con los turbulentos años de la Segunda Guerra Mundial. Los grupos de inmigrantes que llegaron a México provenientes de Europa y el Cercano Oriente se integraron a una sociedad urbana en plena expansión y contribuyeron, de manera importante, a la vida cultural del país.

Sin embargo, el cine mexicano no supo qué hacer con Miroslava. Su belleza era muy diferente a la del resto de las actrices de su generación y su rango interpretativo, si no limitado, por lo menos poco aprovechado. De ahí que su filmografía se manifieste dispareja, con algunos títulos interesantes e incluso una pequeña obra maestra como Ensayo de un crimen (1955), pero abundante en películas menores.

La fascinación contemporánea hacia Miroslava la ha llevado a convertirse, a posteriori, en una especie de Marilyn Monroe “a la mexicana”. Este fenómeno tiene como punto de partida el aura romántica generada por su suicidio, ocurrido a una edad temprana y cuando su carrera aparentaba estar en su mejor momento. El popular cuento de Guadalupe Loaeza -que reconstruye las últimas horas y pensamientos de la actriz- y su inmediata versión cinematográfica contribuyeron a la formación de un mito que guarda poca relación con lo que Miroslava significó en su momento.

Por otra parte, la popularidad alcanzada fuera de México por algunas películas mexicanas del género de horror ha convertido a Miroslava en una especie de actriz-fetiche para públicos especializados. Éste es el caso de El monstruo resucitado (Doctor Crimen) (1953) y La muerte enamorada (1950), dos cintas que han adquirido estatus “de culto” en años recientes.

Finalmente, aunque no menos importante, la creciente valoración de Ensayo de un crimen (1955) como una de las cintas fundamentales de la filmografía de Luis Buñuel, ha contribuido a perpetuar la más perturbadora -y repetida- de todas las imágenes de Miroslava: la de una figura de cera derritiéndose lentamente en un horno, mientras un enamorado Ernesto Alonso la observa desaparecer.

 

En 1993 se filmó una película dirigida por Alejandro Pelayo; basada en su vida y en la que es encarnada por la actriz francesa Arielle Dombasle.

 Filmografía

(En México)

  • Bodas trágicas (1946)

  • Cinco rostros de mujer (1946)

  • ¡A volar, joven! (1947)

  • Una aventura en la noche (1947)

  • Juan Charrasqueado (1947)

  • Nocturno de amor (1947)

  • Secreto entre mujeres (1948)

  • La liga de las muchachas (1949)

  • La casa chica (1949)

  • La posesión (1949)

  • La muerte enamorada (1950)

  • Monte de Piedad (1950)

  • Trotacalles (1951)

  • Cárcel de mujeres (1951)

  • Ella y yo (1951)

  • El puerto de los siete vicios (1951)

  • Dos caras tiene el destino (1951)

  • La bestia magnífica (1952)

  • Sueños de gloria (1952)

  • Las tres perfectas casadas (1952)

  • Música, mujeres y amor (1953)

  • Más fuerte que el amor (1953)

  • El monstruo resucitado (1953)

  • Reportaje (1953)

  • La visita que no tocó el timbre (1954)

  • Escuela de vagabundos (1954)

  • Ensayo de un crimen (1955)

Documentales

  • Torero

  • El charro inmortal

En Hollywood

  • Adventures of Casanova (1947)

  • The Brave Bulls (1951)

  • Stranger on Horseback (1955)

 Reconocimientos

 Premios Ariel

Año

Categoría

Película

Resultado

1954

Coactuación Femenina

Las tres perfectas casadas

Candidata

Nombre completo:

Miroslava Stern o Miroslava Sternova

Lugar de nacimiento:

Praga, Checoslovaquia (hoy República Checa)

Fecha de nacimiento:

26 de febrero de 1926 (otras fuentes: 1927, 1930)

Fecha de fallecimiento:

10 de marzo de 1955

También conocida como:

Miros, “Miros-mango”

No hay una estrella, de todas las que se forjaron en la gran época del cine mexicano, que tenga una aureola más trágica que la de Miroslava. La llamaban “Miros” y de cariño “Mirosmango”, y su rubia personalidad habría de hermanarla con otra figura trágica del cine, Marilyn Monroe. Cuando vemos las películas de Miroslava, 27 en total, de los melodramas a las comedias, no dejamos nunca de reflexionar que pudo llegar mucho más lejos en su carrera, si esta no se hubiera truncado cuando apenas tenía 29 años. Desde su origen estaba encaminada hacia la tragedia, que apenas comenzó a vislumbrarse en su niñez, cuando se enteró frente a los policías alemanes en una estación de trenes en Praga (su ciudad natal), que era hija adoptiva de un matrimonio que en verdad le dio todo lo que necesitaba para evolucionar como la mujer sensual que fascinó a toda una época.
Ajena a una vida normal desde que salió de su natal Checoslovaquia, Miroslava Sternova se puso una máscara de alegría en cuanto llegó a nuestro país en 1940, luego de que se dedicara a recorrer varios países europeos junto a sus padres adoptivos, Oscar Stern y Miroslava Beka; ellos le dieron su apellido, pero nunca le ocultaron su origen, ni siquiera cuando trataban de protegerla de la violencia del nazismo. Eran de religión hebrea y blanco de la cacería racista de aquel tiempo. Pasaron brevemente por un campo de concentración, pero gracias a la habilidad del padre y los beneficios de su profesión como médico, pasaron por varios países del norte europeo y tuvieron suerte para dar el gran salto de un continente a otro.

LA VIDA EN MÉXICO
Arribaron a territorio mexicano dispuestos a comenzar una nueva vida, como muchos otros que huían aterrorizados por la guerra. La familia se establecía en la Ciudad de México, donde el doctor comenzó a ejercer su profesión para dar una vida aceptable a su esposa y su hija adoptiva. La madre falleció a causa del cáncer y el doctor se casó de nuevo. Miroslava, quien era una jovencita que destacaba en los círculos sociales -fue elegida como reina del famoso Country Club-, trataba de adaptarse a la convivencia con su segunda madre porque encontró en ella mucho afecto, pero no podía escapar a una melancolía depresiva que la llevó a un primer intento de suicidio en la adolescencia, afectada por la psicosis de la guerra y la desaparición de su madre. Luego habría de repetir la triste experiencia de tratar de quitarse la vida por su primera decepción amorosa y la muerte de su novio, un piloto de la aviación norteamericana, al que  conoció mientras estudiaba en Estados Unidos en 1942 y con el que planeaba casarse.
Aunque llegó a dominar el inglés -que le ayudaría para su breve paso por el cine de Hollywood en “Toros bravos”, dirigida por Robert Rossen-, no cabe duda que México era un país donde ella se sentía segura para convertirse en actriz. Luego de su primer gran éxito social decidió estudiar la carrera artística y fue aceptada por el legendario maestro de actuación de origen japonés Seki Sano, quien hizo toda una revolución entre los artistas mexicanos al establecer la técnica del ruso Stanislavsky, ideal para el teatro y también indispensable para el cine. Miroslava fue una buena alumna de Seki, quien le ayudó a disfrazar su acento de la lengua checa, que le sirvió para dar a sus interpretaciones una cadencia sensual que la llevó muy pronto al triunfo.

AMORES FUGACES
Luego de un matrimonio con un personaje de la sociedad, que terminó cuando descubrió que tenía otras preferencias sexuales, se concentró en su carrera. El director Gilberto Martínez Solares fue el responsable de su primera película, “Bodas trágicas”, en 1946, y su coestrella era Ernesto Alonso, con el que hizo una gran amistad hasta el final de su vida. El cineasta que la había descubierto quiso convertirse en el diseñador de su carrera cinematográfica, pero sólo pudo dirigirla en otra película, “Cinco rostros de mujer”, porque en cuanto se supo que Miroslava era una actriz aceptada por el gran público, otros directores y productores empezaron a codiciarla para sus proyectos. Su tercera película “¡A volar joven!”, en 1947, la hizo con Mario Moreno “Cantinflas”, e inmediatamente se pensó que la rubia checoslovaca se había convertido en su dama joven y también su conquista amorosa en turno, pues tenía fama de enamorar a todas las actrices estelares de sus películas. También pudieron asociarla con Luis Aguilar, con el que hizo “Una aventura en la noche”. Esta película dirigida por Rolando Aguilar tiene una atmósfera de terror y en ella Miroslava interpretaba a una mujer que después de muerta vuelve con los vivos, enamorada de un hombre al cual termina por llevarse a otro mundo. Fue la primera película de la actriz que se estrenó en Estados Unidos doblada al inglés.
Ese personaje misterioso volvería a repetirlo en “La muerte enamorada”, una comedia que aunque mediocre -donde hacía el personaje titular- permitía percibir esa extraña personalidad de Miroslava que luego ‘disfrazó’ en historias de todos los géneros, que explotaban su belleza, pero que no alcanzaban a proyectar la gran sensibilidad que muy pocos directores respetaron de ella.
En su círculo de amigos, principalmente actores y periodistas, destacaban Ernesto Alonso, Stella Inda, Ninón Sevilla, Chula Prieto, el escenógrafo Jesús Bracho, Guillermo Cantú Robert y el periodista Guillermo Vázquez Villalobos; todos ellos conocían la verdadera piel de la mujer que se escondía detrás de la estrella de cine. Vázquez Villalobos y Ernesto Alonso revelaron alguna vez, en una charla informal, que pensaban escribir su biografía, pero se llevaron a la tumba ese deseo. Quizá también su hermano Ivo podría contribuir a saber más de Miroslava, porque en ellos había lo mismo, amor y amistad. También su compañera Ninón Sevilla, la única que sobrevive de ese grupo de amigos, podría decidirse algún día a contar la verdadera historia del final de Miroslava.
Todos los mencionados la vieron hasta uno o dos días antes de su muerte y coincidían en que nunca se podría saber si tenía la intención de llegar al suicidio, porque “Miros” siempre tenía una actitud melancólica. Ninguno se imaginaba que llegaría al suicidio, porque siempre estaba hablando de proyectos y compromisos a futuro. El escenógrafo Jesús Bracho recordó en una entrevista que la veía muy animada cuando se reía de lo que decían acerca de una supuesta disputa con el director Luis Buñuel durante el rodaje de “Ensayo de un crimen”, su última película, donde hizo pareja de nuevo con Ernesto Alonso. “Mi relación con Luis Buñuel es de lo mejor”, le dijo a Bracho, respecto al infundio de una enemistad, producto -decían las malas lenguas-, del desacuerdo de Miroslava con la secuencia del film en que la actriz se veía muerta de alguna forma, porque un maniquí con su efigie era incinerado como parte de una fantasía mórbida del personaje de Ernesto Alonso.
De nuevo, Miroslava ensayaba a verse muerta en la pantalla, como ocurrió antes en “Una aventura en la noche” y “La muerte enamorada”, como una premonición quizá de su decisión final. Los buenos amigos de ella también apuntaban que la sobredosis de barbitúricos que le quitó la vida fue un accidente, porque los consumidores de esas pastillas, en medio de su ensueño, pueden olvidar cuántos han tomado a lo largo de una noche.

¿FUE POR DOMINGUÍN?
En su departamento de la Calle de Kepler 83, en la colonia Polanco, donde un día después del trágico 8 de marzo de 1955 se encontraron los frascos de los medicamentos que ella había ingerido, también tres cartas de despedida, una para su padre, otra para su hermano y la última para el torero español Luis Miguel Dominguín.
Ese personaje de la tauromaquia ha sido señalado como el responsable del suicidio de Miroslava, ya que luego de haberse conocido en México y de reencontrarse en España, le ofreció matrimonio y la tuvo en espera durante los últimos meses de su  vida. La decepción se produjo cuando se supo la noticia de que se había casado con la italiana Lucía Bosé, Miss Italia y estrella de las películas del cine neorrealista; de esa unión habrían de nacer tres hijos, entre ellos el cantante Miguel Bosé.
Lo que puede decirse es que a partir de la muerte inesperada de Miroslava comenzaron a forjarse toda clase de historias. Una de ellas, apoyada por un reportaje en el diario La Prensa, sostenía que la artista no se había suicidado, sino que había muerto en un accidente aéreo junto con el millonario Jorge Pasquel, el mismo 8 de marzo de 1955. El avión se había siniestrado cerca de Ciudad Valles, en San Luis Potosí, y el reporte periodístico asegura que la artista era el séptimo pasajero, cuyo cadáver nunca se encontró, y que había sido retirada del accidente para evitar especulaciones y un escándalo mayor con la familia del magnate, y que se había recurrido a dos amigas de ella, Ninón Sevilla y Chula Prieto, para arreglar el cuerpo y fabricar las cartas de despedida. Sin embargo, el testimonio de su asistente doméstica en la casa de las calles de Kepler, habla de esa versión de que Miroslava nunca salió de su habitación hasta que ella llamó a las amigas mencionadas, para dar parte a la familia y a las autoridades del deceso… dos días después de la fecha en la que oficialmente se le vio con vida por última vez.
¿Con cuál versión nos quedamos? La del suicidio parece ser la más fidedigna, porque se comprobó que las cartas que dejó eran de su puño y letra, y la  más explícita era la que dejó a su padre, Oscar Stern, que confesaba: “Papá: perdóname y olvida. No puedo seguir. No tengo valor, gracias por todo y perdóname que no tenga suficiente voluntad para vivir. Te quiere, Bimulka”.
Es así que la gran diosa de la sensualidad y el amor no llegó a conocer la plenitud emotiva ni siquiera por haberla representado tantas veces en historias que ahora nos parecen un legado revelador de su enorme sensibilidad artística.

 

    

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