EN UN MUNDO ANDROCENTRICO


Gracias a los primeros movimientos feministas, creados hace algunas décadas, y a los recientes organismos como Colorado Men Against Domestic Violence (hombres de Colorado en contra de la Violencia Domestica), se ha intensificado la lucha en contra de cualquier tipo de discriminación y abuso contra la mujer y de cualquier tipo de privilegio social exclusivo de hombres. Si usted cree que vive con un misógino, no dude en buscar ayuda, nunca es tarde para liberarse de las cadenas mentales, irracionales y enfermizas de estos hombres.

Evidentemente, Fray Luis de León no se desmarcaba del sentir masculino de su época cuando dice que «…la Naturaleza no las hizo para el estudio de las ciencias, ni para los negocios de dificultades, sino para un solo oficio simple y doméstico: así las limitó el entendimiento y, por consiguiente, les tasó las palabras y razones»; o en otro lugar, porque como la mujer sea de su natural flaca y deleznable más que ningún otro animal»-. Santo Tomás estaba absolutamente convencido de la inferioridad femenina, de su «estado de sumisión», e incluso de que «la imagen de Dios se encuentra en el hombre de forma que no se verifica en la mujer; así, el hombre es el principio y el fin de la mujer como Dios es el principio y el fin de toda la Creación» Hugo DE FERRARA llegó a la conclusión de que «la mujer no es miembro perfecto de 1: Iglesia, sino el varón…». Por tanto, no es extraño que se dedujera que «es una corrupción de las malas costumbres el que la mujer ejerza la autoridad», así que ¡se impidió con todo empeño esta perversión social!
La expresión del Derecho Romano de la fragilitas sexus la incapacitó jurídica y cívicamente. Imbecilitas, infirmitas, humilitas, han sido conceptos y expresiones aplicados en exceso y por demasiados siglos al talento de el– y a sexo femenino, al imbecillior sexus (el sexo más imbecil), que en realidad se la llega a concebir como «algo deficiente y ocasional”. En resumen, habrá que entenderla como: miseriabilior persona, ¡la más miserable!, porque, y en algunos documentos se dice sin el menor rubor, quia mayor dignitas est in sexu virili!
Siento una irresistible tentación, y voy a caer en ella, de recordar aquí un ingenioso acróstico del siglo xv sobre la palabra mulier. Es una «perla» más de las muchas que hay, pero ilustrativa, y dice que: la m, es el mal de los males; u, que se asociaba con v, vanidad de vanidades; ¿ lujuria de las lujurias; i, ira de las iras; e: Erinias de las Erinias, es decir, la furia; r, ruina de los reinos . ¡Todo está dicho!
El rosario de frases misóginas a lo largo del tiempo es casi lo de menos; revelan una mentalidad y son un descaro, eso sí. Pero lo más triste era toda la carga de dolor, frustración y de desprecio consciente o inconsciente que todo esto ha provocado. Y lo peor es todo lo que con este arrinconamiento histórico la Humanidad entera ha perdido. No sólo se la ha privado de la aportación y el talante femenino, sino que se ha perpetuado injustamente unas relaciones empobrecidas y empobrecedoras, que dañan seriamente a señores y oprimidas.
La cultura de la inferioridad y de la sumisión femenina atravesó la Historia y las conciencias y afectó a la Humanidad.
A ellas casi se las privó del derecho a la existencia (no hay más que recordar China y otros lugares), se atacó su dignidad y, por supuesto se les negó el derecho a la educación y ciencias. El humanista Leonardo BRUNI (siglo XVI –aunque no sólo él– disuadía a las mujeres de que estudiaran retórica por su inutilidad dada su radical «incompetencia». La frenología quiso demostrar la inferioridad de la mujer basándose en que las dimensiones del cerebro femenino son menores que las del cerebro masculino. Se determinó que ellas eran de constitución débil, pasiva y tierna; incapaz de pensar o de organizarse; ya lo dijo DARWJN (siglo XlX), que la superioridad masculina y la inferioridad de las mujeres «resulta sobradamente probada». Herbert SPENCER (siglo XlX) desarrolló la teoría de que la actividad intelectual era incompatible con procreación y por tanto las mujeres no debían estudiar; además, su mente se degradaba a medida que engendraban hijos. Los griegos incluso pensaban que si la mujer estudiaba se le secaba la matriz… GALDÓS (siglo XIX) estaba seguro de
que «el mayor encanto de la mujer reside en su ignorancia, MOl.lERE (siglo XVlI) temió a las mujeres sabias v se burló de las «latiniparlas». Todo ello ha quedado en el subconsciente popular colectivo y como dice el refrán español, «Mujer que sabe latín no puede tener buen fin, ….. y así la situación fue deplorable para la mayoría de ellas.
En fin, dada su vulnerabilidad, falta de juicio e incapacidad se les negaba hasta la formación religiosa y mística… «por más que las mujeres reclamen este fruto (la lectura de las Sagradas Escrituras) es menester vedado v ponerlo a cuchillo de fuego».
Y ya, por negárseles todo, se les privó hasta del poder de engendrar: «El padre procrea, ella conserva el retoño», o dicho de otro modo: «No es la madre la que engendra al que llama su hijo; ella no es más que la n)driza del germen sembrado en ella. El que engendra es el hombre que la fecunda.
Se las quería «sufridas, castas, cuidadosas, benignas, piadosas, obedientes, calladas y recogidas». Y bajo la apariencia de protección y ayuda, siempre se desconfiaba de ellas, porque «conociendo por una parte la flaqueza y por otra los riesgos a los que se ponen … Se las encerraba en la casa y en la ignorancia, en la clausura doméstica y en la monástica. En realidad, dicho de una U otra forma, se repetía sin cesar aquello de que: «las mujeres están hechas para estar encerradas ocupadas en sus casas y los varones para andar e procurar las cosas de fuera». O como lo dijo NIETZSCHE de forma más posesiva y desgarrada aún: «El (el hombre) debe considerar a la mujer como propiedad, un bien que es necesario poner bajo llave, un ser hecho para la domesticidad y que no tiende a su perfección más que en esta situación subalterna». Así, pues, quedaron recluidas, a la sombra y tutela de ellos, pero se pensó que esto era lo justo y necesario: «para que encerradas, guardasen la casa …. ¡y también su honestidad/
Incluso Luis VIVES (siglo XVII) que además y como es sabido;e preocupó mucho de una «mesurada» formación e instrucción de las mujeres, sin embargo en algún momento le delató el subconsciente y dijo con claridad que: «Así como hay abundancia de instrucciones para la formación de los hombres, la formación de la mujer puede contentarse con pocos preceptos; porque son hombres quienes actúan en casa y fuera de casa, en los asuntos privados y en los públicos. Las normas para tan numerosas y variadas actividades requieren prolijos volúmenes. En cambio, el único cuidado de la mujer en la honestidad: una vez que se haya hecho una buena exposición de ella, la mujer está ya suficientemente instruida. Por eso resulta tanto más vituperable el delito de quienes tratan de corromper esta única virtud de las mujeres, como si uno quisiera extinguir la poca luz que le queda a quien es ya tuerto.
Total, que se encerraron talentos, personalidades, posibilidades…; se les impidió realizar lo que se consideró «impropio a su sexo», que era casi todo; se las hizo invisibles, imperceptibles, se las alejó del bullicio de la Historia, pero apenas nadie las echaba en falta. La mayoría de los varones, en casi todos los tiempos, prefirieron, como Euripides, que no entrara en su casa «mujer que sepa más de lo que una mujer debe saber». Otros muchos consideraron que «su mayor encanto» reside en su «ignorancia». En fin, muy pocos pensaron, como AVERROES (siglo XVIII), que «de ahí –de esa ignorancia– proviene la miseria que devora nuestras ciudades». Menos aún consideraron que: «el cambio de una época histórica puede determinarse siempre por el progreso de la mujer hacia la libertad» (Charles FOURIER, siglos XVIII-XIX). Y es que además reflexiones como éstas eran muy aisladas, poco insistentes y poco convincentes y la libertad un bien casi casi desconocido.

COMO LAS RAÍCES DE UN GRAN ÁRBOL

También entre las mujeres hubo muy pocas que se quejaron por todo ello. Muchas temieron, algunas se defendieron. La mayoría se resignaron e incluso, consciente o inconscientemente, interiorizaron su situación y se paralizaron pensando, como la napolitana Ceccarella (siglo XVI) que «al ingenio de la mujer no le es posible volar tan alto». Lorenzo DE GIUSTINIANI (siglo XVI) parece que estaba tan compenetrado con estos sentimientos de inferioridad y casi culpabilidad que sentían las mujeres, y se hacia tan bien cargo de ello, que contó el estupor de la Virgen María cuando, al entrar en el Cielo y ser recibida con todos los honores por el mismo Cristo, exclamó asombrada: «¡Esto excede a la dignidad del sexo femenino!».
Algunas sí reaccionaron y su protesta ya viene de antiguo. ARISTOFANES recogió en Las TESMOSFORIAS una queja que circulaba por Grecia: «que las mujeres estamos tan enfadadas contra Euripides, porque ha dicho cosas malas contra nosotras»… De tal forma que hasta el propio interesado temió por ello: «Las mujeres van a poner fin a mi vida hoy en Las Tesmosforias porque hablo mal de ellas». Escribió otras dos obras más con este tema y recogiendo reproches de ese estilo. Pero la cosa, aunque demuestra una situación contenida, no fue más allá de la risa y el teatro…
Según los Evangelios Apócrifos, algo debió detectar María Magdalena, lloro y se quejó, «porque Pedro odia a las mujeres».
Cristina DE PISAN (siglos XlV-XV) representa un puntal en el tema; tuvo una pluma excelente y se fijó en la educación como punto nuclear del cambio. María DE GOURNAY (XVI-XVII) escribió, ya entonces, sobre la «Igualdad de Hombres y Mujeres». Ana María VAN SCHURMAN (XWII) se proclamaba abiertamente feminista. Madame NECI y su hija Germana DE STAEL (XVIII) fundaron una cadena de periódicos para extender las ideas de un feminismo muy incipiente. Si, existen casos, pero en realidad fueron pocas, o conocemos muy pocas, las que se atrevieron, como lo hiciera Sor Juana Inés DE LA CRUZ (siglo XVII) a reivindicar, para si misma y como mujer, su vocación intelectual, literaria y teológica.
Menos aún las que intentaron alertar y concienciar a sus colegas: «¡Ah, flaqueza femenil de las mujeres –clamará la escritora María
ZAYAS (siglo XVII)–, acobardadas desde la infancia!»… Y apunta a las causas y razones de esta situación, que estaba, claro está» en la educación –más bien amaestramiento– que se les ha dispensado en casi todas las épocas y lugares.
Pero si rebuscamos en la Historia, sí nos encontramos con movimientos más colectivos y alternativos. Reinas, nobles, intelectuales y
muy especialmente, abadesas medievales han jugado papeles muy importantes y lúcidos. Lástima que no podamos ahora adentrarnos en
sus vidas y obras. Siempre ha habido beguinatos, salones, conventos, palacios.., e incluso cabañas campesinas abiertos al cambio; auténticos «cenáculos» de mujeres, revolucionarios en estilos de vida, ideas u obras e incluso en movimientos sociales, políticos, religiosos o de
cualquier índole. Las hubo también tenidas por brujas y quemadas como herejes, a menudo sin causa. ¡Es una pena que ahora no sea el momento de adentramos en vidas y obras!
Los reiterados intentos eclesiásticos de poner, mejor imponer, la clausura en los monasterios femeninos, y la tenaz oposición de las monjas, nos muestran a mujeres valientes e inconformistas por una situación que consideraban injusta porque se «encaramaba» sobre su vida y reglas. Violante de Moncada (siglo xv), Giovana de Parma (siglo xv), Constanza de Praguera (xv), Ana de Boch (siglo xvI), Jerónima Olivan (XVl), Yolanda de Palau (XVI) y otras tantísimas, protagonizaron historias increíbles y nos muestran rostros concretos de lo que fue una auténtica sublevación colectiva. Pero, ¡en vano!, se decidió por ellas, se legisló para ellas; algunas sufrieron duros reproches, castigos y humillaciones y a todas les fue impuesto «el siempre temido y rechazado encerramiento». Luego se ocultó historia y monjas.
Sakina, Aicha (siglo VII) y otras mujeres musulmanas se enfrentaron a cadíes e imanes, durante el primer siglo islámico, porque se negaban a adoptar algunas leyes concernientes a la obligatoriedad del velo, la reclusión, la poligamia, la obediencia ciega al esposo …. tuvieron una entereza admirable. Al parecer hoy sólo una pocas feministas, y con muchas dificultades y adversidades, se apoyan en su recuerdo.
Las mujeres vasco-francesas, como otras, protestaron en 1789 porque no fueron convocadas a los Estados Generales. Bajo el título «Las dolencias del sexo de San Juan de Luz y de Cibur al Rey», exponen lo que supone de empobrecimiento e injusticia, que se prescinda de la mitad de la población francesa. No consiguieron nada, sólo disgustos, pero hoy valoramos su esfuerzo.
Margarita DE NAVARRA (siglo XVI) ironizó a BOCACCIO y escribió el Heptamerón. La duquesa de Newcastle (siglo XVII) pidió que «las mujeres fueran tan libres, dichosas y célebres como los hombres»… (55. Mary WARD (siglo XVII) tampoco estaba de acuerdo con respecto a la vida y actividades religiosas de unos y otras: «No hay diferencia entre el hombre y la mujer que impida a las mujeres hacer grandes cosas… Pues, ¿qué opináis de esta expresión, “no son más que mujeres”? Como si en todo fuéramos inferiores a otra criatura que supongo debe ser el hombre». Santa Teresa y Santa Teresita se lo dijeron al Señor en privado, pero su queja aparece publicada en sus obras, y nos alegra…
En fin, hace falta rebuscar más en la Historia más antigua. De todas formas poco a poco» ya se va excavando y encontrando pilares de resistencia y sufrimiento. Son como faros que alumbran, desde lejos, el camino hacia adelante. Son como madres que dejaron escrito, con su vida, un testamento; ahora, con las demás mujeres, queremos leerlo, comprenderlo y ponerlo en marcha.
Olimpia de Gouges, en 1791, fue guillotinada, según la prensa, porque quiso «ser hombre de Estado y, al parecer, la ley ha castigado a esa conspiradora por haber olvidado las virtudes que convienen a su sexo»… O como opinaba el procurador Chaumette: «este olvido de las virtudes de su sexo la ha llevado al cadalso». No cabe duda de que esta fecha es un hito.
El siglo XIX será ya testigo de un feminismo incipiente, pero más extendido y organizado. Un feminismo absolutamente también incomprendido, ironizado y desacreditado por el «orden establecido» de uno y otro sexo. Así llenaron de sufrimiento a aquéllas mujeres idealistas. Este movimiento supuso y fue fruto, sin duda, de un crecimiento en la conciencia colectiva de la Humanidad; conciencia trabada con la lucha obrera, los movimientos de liberación y de emancipación mundiales, con los incipientes movimientos minoritarios pacifistas –a veces de iniciativa puramente femenina–, los antirracistas; los movimientos unidos a los vuelcos políticos, democráticos, sociales… a los Derechos Humanos. E1 feminismo está lleno de nombres y rostros concretos.
Todos ellos, con los que les precedieron forman una larga cadena, una historia de dolor y aguante; un germen a la intemperie. Como la arena sobre la que se formará pacientemente la perla. Como el río que fluye con nostalgia, arrastrando recuerdos y agua siempre fresca y nueva. Como las raíces de un gran árbol que ellas nunca vieran, pero que apunta ya hacia el futuro…

EN LA GRAN EXCAVACIÓN COLECTIVA

Casi sin darnos cuenta, Con amor y con dolor, nos hemos adentrado y, de alguna forma, participado en esa excavación colectiva de la Historia, de la que hablábamos al comienzo. A la sombra del gran árbol, quería-dos contemplarlas por un instante e intentar reconocerlas tras sus camuflados disfraces y parapetos. Sentimos necesidad de conocer y re-conocer nuestro pasado, de saludar y entender a las que nos precedieron, de dialogar con ellas y de recuperar nuestra historia. La acogemos como una parte de nosotras mismas que nos antecede y nos pertenece.

Aunque es verdad que la historia de las mujeres, en su inmensa mayoría, la tengamos que leer en la «historia privada», la «historia cotidiana», etc. cercanas a la casa, a lo habitual y común de la vida y reflejada en no muchos rostros concretos, sin embargo, no podemos contentamos en esta limitación sanable; podemos y debemos caminar hacia adelante, porque aún queda mucho por desempolvar y encontrar. Los archivos, las ciudades y mil objetos ocultan materiales interesantes «de» y «para» las mujeres. Seguro que muchos «anónimos» serán irrecuperables, pero otros podríamos descubrirlos tras variadas capas e incluso sepultadas en el polvo y el olvido. Es cuestión de concienciación; de paciencia, de ánimo, de responsabilidad y de solidaridad en el trabajo colectivo.
Las mujeres de hoy vamos adquiriendo rápidamente una mayor conciencia de nuestra precaria situación, conciencia que, como veíamos, nos viene de lejos, y sentimos la urgencia de la liberación,. Pero los movimientos liberadores no parten de la nada; una historia, que se traba lentamente, les antecede siempre. Nosotras somos conscientes de que la historia de las mujeres, aunque se va desvelando y vamos excavando en ella, sin embargo, aún permanece oculta porque ha sido borrada, tergiversada o/y interpretada únicamente por tos varones, no siempre sensibles a los problemas femeninos y muy alejados de los horizontes que a éstas conciernen. Tenemos un «gran fondo» común, es cierto, pero, a menudo, desconocido, y este desconocimiento dos resta operatividad.
Las mujeres no queremos continuar en esta situación ahistórica o antihistórica, pues «es precisamente, el poder de la opresión lo que priva a los pueblos de su historia». Urge la reinterpretación y el rescate de la memoria histórica, que nos irá conduciendo hacia una mayor y más verdadera conciencia de nuestra identidad, hacia una real auto compresión femenina, grupal y comunitaria que, a la vez, nos aleje de los esquemas androcéntricos, ampliamente interiorizados entre nosotras durante siglos. Una experiencia que nos fortalecía en la convicción de que las mujeres, en esa gran marcha de la Humanidad que es la Historia, no estamos solas. Sostenidas y anticipadas por tentativas anteriores, nos sabemos solidarias en éxitos y fracasos, en las decepciones y logros ya intentados y realizados Por otras. Participamos de ese «gran fondo común» que es nuestra historia y a la hora de continuar el trabajo de liberación sabemos que tuvimos predecesoras y tratamos de dar continuidad a lo que de alguna forma ya ha comenzado.
Al adentramos ahí conocemos mejor situaciones que nos despiertan y, sobre todo, sabemos que es posible otorgar una conciencia nueva y liberadora a lo que entonces se hizo, pero sobre todo nos otorga una conciencia comunitaria, un sentido’ de pertenencia y responsabilidad ante la situación de hoy que nos interpela y llama. A la vez nos ayuda a descubrir el presente, nos otorga sabiduría para discernir y caminar con las mujeres del mundo entero, en redes solidarias y, especialmente, con las más oprimidas y las más pobres del planeta. Solamente desde la justicia, desde el sentirnos formando una única Humanidad, podemos intuir y construir el futuro.
Existen muchos grupos de mujeres, cada día crecen y se adhieren más y más desde todos los rincones del mundo; desde todos los credos, razas, situaciones y convicciones… También se suman varones, convencidos de que la liberación es conjunta; de que mientras no se liberen las mujeres, tampoco ellos serán libres; de que el modelo anterior de «varón» y/o de «fémina» está ya caduco y obsoleto.., y además daña positivamente a unos y a otras. Es esta cadena, ya, como un gran pañuelo multicolor que va cubriendo la Tierra y bajo el que se van cobijando cada día rostros nuevos; es un lugar de diálogo, reconciliación y encuentro que repercute en la Naturaleza y en la Humanidad entera transformándolas, haciendo así más habitable nuestra Tierra. Es como una gran excavación solidaria, empeñada en la reconstrucción colectiva de una Humanidad nueva, en la que todos y todas cabemos en el trabajo; en la que todos los obreros y obreras, pasados y presentes, son necesarios y necesarias.
Como las raíces de un gran árbol que ellas, nuestras antepasadas, nunca vieran pero que ya comienza a dar una sombra misericordiosa y crece hacia el futuro.

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