Amor viejo, ni te olvido ni te dejo.


En una aldea remota vivían un anciano y su anciana mujer. Las amarguras y la vida dura les habían curtido el corazón. De las alegrías de los primeros tiempos pasaron a vivir discutiendo y gritándose el día entero.

Si el anciano abría la boca para decir una palabra, la mujer decía cinco; si el anciano le contestaba con diez, ella con quince. Vivían en un discutir permanente, y lo que es peor, sin acordarse muchas veces del por qué discutían.

-¿Y por qué estamos peleando? -preguntaba perplejo el infeliz anciano.

-¿Qué por qué? ¡Por tu culpa!

-¡No! ¡Por la tuya!

Y nuevamente se engarzaban en un pleito sin fin, día a día, año tras año.

Los vecinos, cansados ya de tantos gritos, apenados por la forma en que los viejitos estaban pasando lo que debían ser sus años dorados, contaron a la señora que en lo alto de la montaña vivía un gran sabio dueño de un agua mágica. Decían los vecinos que esa agua curaba todo tipo de situaciones, y que los ayudaría para que no siguieran peleándose.

Allá fue la anciana, confiando al sabio con lágrimas en los ojos el problema que tenía con su esposo de tantos años. No bien había terminado, el hombre le entregó una sencilla botella llena de agua.

-Aquí está su solución. Cuando su esposo comience a pelear, tome un poco de esta agua y manténgala en su boca. No la escupa ni la trague hasta que él se calme. Hágalo así siempre. Ya verá como sus discusiones llegan a su fin.

-¡Por qué no está lista la comida! -fue el saludo del anciano. Ella, sin contestarle, tomó un poco del agua y la mantuvo en su boca. El anciano seguía gritándole. Ella, callada. Viendo el anciano que no le contestaba, también calló. La anciana, cantando alegremente, preparó una suculenta comida. Ya luego, la emprendió el anciano:

-¡Mira la casa, toda sucia y desarreglada!
La viejita, ofendida y dolida, quiso responderle, pero tomó un poco del agua y calló. Eso mismo hizo el viejo, al ver que ella no le respondía.

Y así ocurrió una y otra vez. Con el tiempo, los ancianos dejaron de discutir, pelear, gritar, y aprendieron a vivir con una gran tranquilidad, como la gente. Ella le contó a su compañero todo lo del sabio y la botella de agua, y juntos fueron a lo alto de la montaña a agradecerle por esa agua maravillosa que había cambiado sus vidas.

El sabio les dijo que lo que contenía la botella era agua, simple agua, y que el aprender a controlarse fue lo que les enseñó a vivir sin peleas y gritos, dándose tiempo antes de responder, pensando qué y cómo decir las cosas.

Y los esposos se dieron cuenta de que Dios había contestado aquella hermosa oración, que en sus años mozos solían dirigirle, y que dice:

Enséñame a regalar a todos, cada día,
una palabra sencilla y un gesto sincero.
Regalar algo de mi tiempo a quien lo necesita.
Regalar el perdón a quien me haya herido.
Regalar mi generosidad a quien es más pobre que yo.
Que sepa regalar cada día una mirada abierta,
un corazón atento,
diálogo para respetarnos
y amor para entendernos.

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