La vida despuès de la muerte.

Obispo Alexander Mileant.

Traducido por Svetlana M. Belikow/ Alejandro Molokanow.

Introducción:

Yo estaba en una cama de terapia intensiva del hospital infantil de Seattle — cuenta Dean, adolescente de 16 años, quien tuvo una aguda insuficiencia renal. En un instante me vi parado sobre mis pies, y moviéndome con gran velocidad a lo largo de un espacio oscuro. No veía paredes alrededor mío, pero me sentía como en un túnel. No sentía viento, pero percibía que me movía con una enorme velocidad. A pesar de no entender hacia dónde me dirigía, ni para qué, sentía que al final de mi intenso vuelo, me esperaba algo muy importante y quería llegar cuanto antes a la meta.

Al final me encontré en un lugar lleno de brillante luz y noté que alguien estaba cerca de mí. Era alto, con largos cabellos dorados y vestido de blanco, ceñido con un cinturón. No hablaba, pero yo no sentía miedo, ya que irradiaban de Él gran paz y amor. Si no era Cristo, seguramente era uno de sus Ángeles.” Después de esta experiencia, Dean sintió que volvió a su cuerpo y se despertó. Estas cortas pero luminosas experiencias dejaron una profunda huella en el alma de Dean. Se tornó un joven muy religioso, lo que tuvo una influencia benéfica sobre toda su familia.

Este es uno de los relatos típicos, recogidos por un médico — pediatra norteamericano, Melvin Morse y publicado en su libro, “Closer to the light” (“Hacia la luz” (7)). Él se encontró por primera vez con el caso de la muerte temporal, en el año 1982, cuando revivió a Catalina, una niña de 9 años, que se ahogó en una pileta deportiva. Catalina contó que durante su muerte ella se encontró con una “dama” muy amable que se presentó como Elizabeth — posiblemente su Ángel guardián. Elizabeth recibió muy cariñosamente el alma de Catalina y conversó con ella. Sabiendo que Catalina no estaba todavía lista para pasar al mundo espiritual, Elizabeth le permitió volver a su cuerpo. En este período de su carrera el Dr. Morse trabajaba en la ciudad de Pocatello del estado de Idaho. El relato de la niña le produjo una impresión muy fuerte, más todavía por el escepticismo que él tenía hasta entonces hacia todo lo espiritual. Él decidió estudiar profundamente qué es lo que acontece con el hombre inmediatamente después de la muerte. En el caso de Catalina, el Dr. Morse fue impresionado por su detallada descripción de lo que pasaba en el hospital y en su casa, durante su muerte clínica — como si ella hubiera estado presente allí. El Dr. Morse verificó y se convenció de la exactitud de las observaciones extracorporales de Catalina.

Después que de haber sido trasladado al hospital orto-pediátrico y luego al centro médico de Seattle, el Dr. Morse inició el estudio sistemático del proceso de la muerte. Preguntó a muchos niños que habían pasado la muerte clínica, comparaba y anotaba sus relatos. Además mantenía el contacto con sus jóvenes pacientes, a medida que éstos crecían y observaba su desarrollo intelectual y espiritual. En su libro “Hacia la luz,” el Dr. Morse afirma que todos los niños que él conoció y que pasaron la muerte temporal, al crecer se mostraban creyentes, serios y moralmente más limpios que los jóvenes ordinarios. Todos ellos tomaban la experiencia pasada como una Gracia de Dios, e indicación de que se debe vivir para el bien.

Hasta hace poco, los relatos sobre la vida en el “otro mundo” aparecían sólo en la literatura religiosa especial. Las revistas laicas y los libros científicos, como regla, evitaban estos temas. La mayoría de los médicos y psiquiatras rechazaban cualquier manifestación espiritual y no creían en la existencia del alma. Pero unos 20 años atrás, en lo que parecía el pleno triunfo del materialismo, algunos médicos y psiquiatras se interesaron seriamente por el problema de la existencia del alma. El inicio del cambio se debió al libro del Dr. Raymond Moody “La vida después de la vida,” que salió en 1975 y causó un gran revuelo. En este libro Dr. Moody recogió una serie de relatos de las personas que pasaron la muerte clínica. Los relatos de algunos de sus conocidos incitaron a Dr. Moody a internarse en el problema del proceso de la muerte. Cuando él comenzó a juntar datos, para su asombro vio que existían numerosas personas que durante su muerte clínica tuvieron visiones extracorporales. Ellos generalmente no las contaban para que no se burlen de ellos o no los consideren locos.

Al poco tiempo de la salida del libro de Dr. Moody, la prensa sensacionalista y la TV, ávidos de cosas sensacionales, desparramaron ampliamente sus datos. Comenzó una viva discusión sobre el tema de la vida después de la vida y hasta debates públicos sobre el tema. Entonces una serie de médicos, siquiatras, representantes de las iglesias, que se sintieron vulnerados por la invasión poco competente de sus especialidades, se pusieron a comprobar los datos y conclusiones del Dr. Moody. Fue grande el asombro de muchos de ellos, cuando se convencieron de la veracidad de las observaciones del Dr. Moody — y precisamente, en que después de la muerte, el hombre no cesa de existir, sino que su alma continúa viendo, oyendo, pensando y sintiendo.

Entre las investigaciones serias y sistemáticas del problema, hay que mencionar el libro del Dr. Michel Sabom “Recuerdos de la muerte.”(5). El Dr. Sabom es profesor de medicina en la universidad de Emori y médico regular del hospital de veteranos en la ciudad de Atlanta. En su libro se pueden encontrar datos detallados y documentados y un profundo análisis sobre esta cuestión.

Es muy valiosa así mismo, la investigación del psiquiatra Kenneth Ring en el libro “La vida a la hora de la muerte.”(6). El Dr. Ring confeccionó una encuesta estándar para las personas que pasaron la muerte clínica. Los nombres de otros médicos que se ocuparon del tema están en la bibliografía citada al final. Muchos de ellos comenzaban sus observaciones siendo escépticos. Pero viendo cada vez nuevos casos que comprobaban la existencia del alma, cambiaban su actitud.

En este folleto mencionaremos algunos relatos de los hombres que pasaron la muerte clínica, compararemos estos datos con la enseñanza tradicional cristiana, sobre la vida del alma en el otro mundo y haremos las conclusiones pertinentes. Más adelante en el anexo discutiremos la enseñanza teosófica sobre la reencarnación.

 

 

Qué ve el Alma

en el “Otro” Mundo

 

 

La muerte no es como muchos se la imaginan. Todos nosotros, en la hora de la muerte, tendremos que ver y vivir mucho para lo que no estamos preparados. La meta de este folleto es de ampliar y hacer más exacto nuestro entendimiento de la inevitable separación con nuestro cuerpo. Para muchos, la muerte es algo parecido a un sueño sin sueños. Uno cierra los ojos, se duerme y no hay nada más — la oscuridad. Sólo que el sueño se termina a la mañana, en cambio la muerte es para siempre. A muchos les espanta lo desconocido: “¿qué pasará conmigo?” Así tratamos de no pensar en la muerte. Pero en el fondo sentimos una vaga ansiedad y una confusa inquietud ante lo inevitable. Cada uno de nosotros tendrá que pasar esta frontera. Sería útil pensar y prepararse.

Pueden preguntar: “¿En qué pensar y a qué prepararse? No depende de nosotros. Llegará el tiempo — moriremos y eso es todo. Mientras, todavía tenemos tiempo; hay que tomar de la vida todo lo que esta pueda ofrecer: comer, beber, amar, luchar por el poder, el honor y la gloria, ganar dinero, etc. Es preciso no pensar en lo que es difícil y desagradable y en particular no permitirse pensamientos sobre la muerte.” Así hace la mayoría.

Sin embargo, a cada uno de nosotros de tanto en tanto nos surgen otros pensamientos inquietantes: “¿y si no es así? ¿y si la muerte no es el fin y después de la muerte del cuerpo me encontrare inesperadamente en unas condiciones completamente nuevas, conservando la capacidad de ver, oír y sentir?” Y lo más importante: “¿y si nuestro futuro detrás de este umbral, en alguna medida, depende de cómo hemos vivido nuestra vida, de cómo éramos antes de cruzar la frontera de la muerte?”

De la comparación de numerosos relatos de la gente que pasó la muerte clínica, se dibuja el cuadro siguiente de lo que ve el alma cuando se separa del cuerpo: cuando en el proceso de la muerte el hombre llega al predeterminado final de sus fuerzas, él escucha que el médico lo declara muerto. Luego, él ve a su “doble” — el cuerpo inanimado que yace allí abajo, y cómo los médicos y las enfermeras tratan de volverlo a la vida. Éstas imágenes producen en el hombre un fuerte golpe, ya que por primera vez en su vida él se ve desde afuera. Al mismo tiempo, él descubre que todas sus facultades de ver, oír, pensar, sentir, etc., continúan funcionando normalmente, pero ésta vez, independientemente de la envoltura externa. Encontrándose flotando en el aire, algo más arriba de la gente que está en el cuarto, el hombre trata por instinto de comunicarse: decir algo, tocar a alguien. Pero, pasmado, se da cuenta que está separado de todos: su voz no la oye nadie, su tacto nadie lo percibe. Con todo, lo sorprenden los sentimientos de alivio, paz, y hasta alegría que siente. No está más esa parte de su “yo” que sufría, que exigía algo, que se quejaba de algo. Percibiendo este alivio, el alma del hombre, habitualmente no quiere volver a su cuerpo.

En la mayoría de los casos de la muerte temporal, bien documentados, después de algunos momentos de observar lo que pasa, el alma vuelve a su cuerpo, y así los conocimientos sobre el otro mundo se interrumpen. Pero a veces ocurre que el alma se mueve más lejos en el mundo espiritual. A ése estado, algunos lo describen como movimiento en un túnel oscuro. Después de esto, algunas almas llegan a un mundo de gran belleza, donde ellas a veces se encuentran con sus parientes antes fallecidos. Otros arriban a un espacio de luz y se encuentran con un ser luminoso que irradia gran amor y comprensión. Unos afirman que se trata del Señor Jesucristo, otros que es un Ángel. Pero todos coinciden en que Él reboza de bondad y misericordia. Algunos, en cambio, caen en unos lugares tenebrosos e “infernales,” y volviendo, describen seres repugnantes y crueles que vieron allí.

A veces el encuentro con el misterioso Ser luminoso es seguido por un “repaso” de la vida, en que el hombre comienza a recordar su pasado y evalúa moralmente todos sus actos. Después de esto, algunos ven un cerco o frontera. Ellos sienten que pasándolo no podrán volver más al mundo físico.

No todos los que pasaron la muerte temporal experimentaron todas las fases arriba mencionadas. Un porcentaje importante de hombres devueltos a la vida no puede recordar nada de lo que pasó con ellos “allí.” Las etapas mencionadas las ponemos en el orden de su relativa frecuencia, comenzando por los más frecuentes y terminando por los más raros. Según los datos del Dr. Ring, aproximadamente una de cada siete personas recuerda su estadía fuera del cuerpo, haber experimentado la visión de la luz y haber hablado con el Ser luminoso.

Gracias al progreso de la medicina, la reanimación de los muertos es una práctica habitual en muchos hospitales actuales. Anteriormente, casi no se practicaba. Por eso existe alguna diferencia entre los relatos sobre el mundo de ultratumba en la literatura antigua y más tradicional y en la contemporánea. Los libros religiosos más antiguos, relatando las visiones de las almas de los muertos, cuentan lo que vieron en el paraíso o en el infierno y los encuentros en el otro mundo con los Ángeles o los demonios. Éstos relatos se pueden llamar: las descripciones del “lejano cosmos” ya que contienen las imágenes del mundo espiritual alejado de nosotros. Los relatos contemporáneos registrados por los médicos-reanimadores, al contrario, describen las imágenes del “cercano cosmos” — las primeras impresiones del alma apenas salida del cuerpo. Ellas son interesantes ya que complementan a las primeras y nos permiten entender mas plenamente lo que nos espera a cada uno de nosotros. De la posición media se ocupa el relato de K. Ikskul publicada por el Arzobispo Nikon en las “Hojas de la Trinidad” en 1916, bajo el título “Improbable para muchos pero acontecimiento real” y que incluye ambos mundos: el cercano y el lejano. En 1959 el monasterio de la Santísima Trinidad reeditó esta descripción como un folleto separado. Lo citamos aquí abreviado. Este relato cubre los elementos de la literatura más antigua y contemporánea sobre el mundo de ultratumba.

K. Ikskul era un típico joven intelectual de la Rusia prerevolucionaria. Fue bautizado en su infancia y creció en un medio ortodoxo. Pero como era costumbre entonces entre los intelectuales, consideraba a la religión con indiferencia. A veces concurría a la iglesia, remarcaba las fiestas de Navidad y Pascua y hasta comulgaba una vez al año, pero muchas cosas en la religión ortodoxa las consideraba como anticuadas supersticiones, entre ellas sus enseñanzas sobre la vida después de la muerte. Él estaba seguro de que con la muerte la vida humana terminaba.

Una vez enfermó de neumonía. Estuvo mucho tiempo enfermo, empeoró y fue internado en un hospital. No creía que se acercaba la muerte, esperaba sanar y seguir con sus ocupaciones habituales. Una mañana, de repente se sintió completamente bien, la tos cesó y la fiebre bajó hasta lo normal. Pensó que por fin mejoraba. Pero para su asombro, los medicos se inquietaron, hasta trajeron oxígeno. Después, — sintió escalofríos y total indiferencia hacia todo lo que le rodeaba. Él relata:

“Toda mi atención se centró en mí mismo y como en un desdoblamiento… apareció un hombre interno (principal) que sentía una total indiferencia hacia el externo (el cuerpo) y hacia todo que pasaba con él… Era sorprendente ver y oír todo y al mismo tiempo sentirse ajeno a todo. El médico me pregunta, yo escucho, entiendo, pero no contesto; no tengo porqué hablar con él… De repente me sentí arrastrado con terrible fuerza hacia abajo, hacia la tierra. Me agité. “Agonía,” dijo el médico. Yo entendía todo, no me asusté. Recordé que leí que la muerte es dolorosa, pero no sentía dolor. Pero sentía pesadez. Me sentía atraído hacia abajo, sentía que algo debe separarse… Hice un esfuerzo para liberarme y de repente me sentí liviano y en paz.

Lo que sigue lo recuerdo muy claramente. Estoy parado en el medio del cuarto. A mi derecha, en semicírculo, estaban parados los médicos y las enfermeras rodeando la cama. Me extrañé: ¿qué hacen allí si yo estoy aquí? Me acerqué para ver. Sobre la cama estaba acostado yo. Viendo a mi doble, no me asusté; sólo me extrañé. ¿Cómo es posible? Quise tocarme, mi mano pasó a través como en el vacío y tampoco pude tocar a los otros. No sentía el piso. Llamé al médico pero él no reaccionó. Entendí que estaba completamente solo y sentí pánico.

Miré a mi cuerpo y pensé: ¿habré muerto? Pero esto era difícil de imaginar; yo estaba más vivo que antes, sentía y comprendía todo… Después de un tiempo los médicos se fueron del cuarto. Dos paramédicos hablaban de las peripecias de mi enfermedad y muerte, la enfermera se dirigió al ícono, se persignó, y en voz alta pronunció para mí el habitual deseo: “Que tenga el Reino de los Cielos y la paz eterna.” Apenas dijo ella estas palabras, a mi lado aparecieron dos Ángeles. En uno reconocí a mi Ángel de la guarda, al otro no lo conocía. Tomándome de las manos, ellos me llevaron a la calle, directamente a través de la pared. Anochecía, nevaba de una manera muy calma. Yo lo veía pero no percibía el frío ni el cambio de temperatura. Comenzamos a subir rápidamente.” Más adelante continuaremos nuestro relato de K. Ikskul.

Gracias a nuevas investigaciones en el campo de la reanimación y comparando gran cantidad de relatos de los hombres que pasaron por la muerte clínica, se puede reconstruir un cuadro bastante detallado de lo que experimenta el alma después de su separación del cuerpo. Por supuesto, cada caso tiene características individuales, que faltan en otros. Y esto es naturalmente de esperarse, ya que el alma cuando llega al otro mundo, ella — como un recién nacido — tiene la vista y el oído no totalmente desarrollados. Por eso las primeras impresiones de los hombres que “emergen” en el otro mundo, tienen un carácter sumamente subjetivo. Sin embargo, en su totalidad se crea un cuadro bastante completo aunque no siempre totalmente comprensible.

Notemos los momentos más relevantes de la experiencia del otro mundo, extraídos de los libros contemporáneos sobre la vida después de la muerte.

 

1. La visión del doble.

 

Al morir, el hombre no inmediatamente se percata del hecho. Y sólo después de ver a su doble yaciendo inanimado allá abajo y cuando se convence que no puede comunicarse, se da cuenta que su alma salió del cuerpo. A veces, en caso de un accidente, cuando la separación con el cuerpo es instantánea e inesperada, el alma no reconoce su cuerpo y piensa que ve a otra persona, parecida. La visión del doble y la imposibilidad de comunicarse crean un fuerte golpe en el alma, ella no está segura de si es realidad o es sueño.

 

2. Conciencia ininterrumpida.

 

Todos los que pasaron la muerte temporal atestiguan que conservaron plenamente su “yo” junto con las capacidades intelectuales, sensitivas y volitivas. Más todavía, notaron que la vista y el oído se agudizan, el pensamiento es más nítido y extraordinariamente enérgico, y la memoria se aclara. Personas que perdieron algunas de sus facultades, a causa de la enfermedad o de la edad, sienten que las recuperaron. El hombre comprende que puede ver, oír, pensar, etc., sin órganos corporales. Es notable que un ciego de nacimiento, al salir de su cuerpo, vio todo lo que hacían los médicos y las enfermeras con su cuerpo y luego contó con todo detalle lo que pasaba en el hospital. Al volver a su cuerpo volvió a ser ciego. A los médicos y psiquiatras que identifican las funciones del pensamiento y sentir con los procesos químico-eléctricos del cerebro, les sería útil tomar en cuenta estos datos actuales reunidos por los médicos-reanimadores, para entender correctamente la naturaleza del hombre.

 

3. Alivio.

 

Habitualmente la muerte está precedida por la enfermedad y los sufrimientos. Al salir del cuerpo, el alma se alegra de no sentir más el dolor, la presión, la asfixia, en cambio percibir que el pensamiento trabaja claramente y los sentidos están apaciguados. El hombre se identifica con su alma, su cuerpo le parece como algo secundario y ya innecesario, así como todo lo material. “Yo salgo y mi cuerpo es una funda vacía” explicaba un hombre que pasó la muerte temporal. Él miraba la operación de su corazón, en curso, como un “observador ajeno.” Los intentos de reanimar a su cuerpo no le interesaban en absoluto. Aparentemente él mentalmente se despidió de la vida terrenal y estaba listo para comenzar una nueva vida. Sin embargo le quedaba el amor a sus parientes y la preocupación por sus hijos.

Hay que hacer notar que no se producen cambios importantes en el carácter del individuo. El hombre queda como estaba. “El concepto de que dejando el cuerpo al alma, enseguida sabe y entiende todo, es erróneo. Yo llegué a este nuevo mundo, tal como salí del viejo” — relataba K. Ikskul.

 

4. El túnel y la luz.

 

Después de ver a su cuerpo y lo que lo rodea, algunos pasan a otro mundo puramente espiritual. Hay casos que obviando o no notando la primera fase, llegan directamente a la segunda. El pasaje al mundo espiritual, algunos lo describen como viaje por un espacio oscuro que recuerda a un túnel. Al final de ese túnel llegan a una lugar de luz supraterrenal. Existe un cuadro del siglo XV de Jerónimo Bosh, “Ascensión al Empiriano,” que representa algo semejante al pasaje del alma por el túnel. Posiblemente ya entonces esto era conocido por algunos.

He aquí dos descripciones contemporáneas de este estado: “Escuché que los médicos me declararon muerto, mientras yo estaba como si nadara en un espacio oscuro. No tengo palabras para describir ese estado. Alrededor estaba completamente oscuro, y sólo en la lejanía se veía luz. Esta era muy intensa, a pesar de que al principio parecía pequeña. A medida que me acercaba a ella, aumentaba. Me dirigía rápidamente hacia ella y sentía que irradiaba bondad. Siendo cristiano recordé las palabras de Cristo: “Yo soy la luz del mundo.” Y pensé: “Si esto es la muerte, sé Quién me espera allí” (1, pág. 62).

“Sabía que me estaba muriendo,” relata otro hombre; “y nada podía hacer para avisar, ya que nadie me oía… Me encontraba fuera de mi cuerpo — esto es seguro, ya que veía mi cuerpo allá sobre la mesa del quirófano. Mi alma salió del cuerpo. Por eso me sentía perdido, luego apareció esta luz tan especial. Primero era algo débil, luego emitió un rayo muy fuerte. Sentía el calor de esta luz, que cubría todo, pero no me impedía ver el quirófano, los médicos y las enfermeras y todo lo demás. Primero, no entendía qué pasaba, pero luego, una voz desde ésta luz me preguntó si estaba listo para morirme. Hablaba como un hombre, pero no había nadie. Preguntaba precisamente la Luz… Ahora entiendo que Ella sabía que no estaba listo todavía para la muerte, pero era como si me estuviera examinando. Desde el momento en que la Luz comenzó a hablar me sentí muy bien; me sentía fuera de peligro, y que Ella me amaba. El amor que irradiaba la Luz era inimaginable e indescriptible (1, pág. 63).

Todos, los que la han visto y trataron de describirla, no encontraron palabras adecuadas para hacerlo. La Luz era distinta de la que habían conocido aquí. “Esto no era simplemente luz, sino la plena y perfecta ausencia de tiniebla alguna. Ésta Luz no daba sombras, no se la veía, pero estaba en todas partes y el alma permanecía en la Luz (5, pág. 66). La mayoría describe ésta Luz como un Ser moralmente bueno, y no como si se tratara de una energía impersonal. Los que son creyentes, la consideran un Ángel, o hasta el mismo Jesucristo. En todo caso, Alguien que trae la paz y el amor. Cuando se encontraban con la Luz, no oían palabras separadas en un idioma específico, sino que hablaba con ellos por medio del pensamiento. Y todo era tan claro, que esconderle algo era totalmente imposible.

 

5. El examen y el juicio.

 

Algunas personas que han pasado la muerte temporal, describen una suerte de examen de la vida llevada por ellos en esta tierra. A veces este examen se producía durante la visión de la Luz extraterrenal, cuando el hombre oía la pregunta: “¿Qué has hecho de bueno?” El hombre comprendía que el que preguntaba no lo hacía para saber, sino para impulsar al hombre a que recuerde su vida. Inmediatamente después de la pregunta, ante los ojos espirituales del hombre, pasaban las imágenes de su vida terrenal, comenzando por su primera infancia y en forma de una serie de imágenes rápidamente cambiantes de los episodios de la vida, donde el hombre veía con toda nitidez y detalle todo lo que había pasado. Así, revivía y revalorizaba moralmente todo lo que había dicho y hecho.

Aquí tenemos uno de los típicos relatos que ilustran un proceso de esta inspección: “cuándo vino la Luz, me preguntó ¿qué hiciste en tu vida?, ¿qué puedes mostrarme? — o algo por el estilo. Y entonces comenzaron a aparecer estas imágenes. Eran claras, tridimensionales, en colores, y se movían. Delante de mí pasó toda mi vida… Aquí, yo todavía una niña pequeña, juego cerca del arroyo con mi hermana… Los acontecimientos en mi casa… la escuela… Me casé… Todo se sucedía delante de mis ojos en los mas mínimos detalles. De nuevo vivía estos sucesos. Veía casos en que fui engreída, cruel… Me avergonzaba de mí misma y deseaba que nunca hubieran ocurrido. Pero cambiar lo vivido no era posible (1, pág. 65-68).

De la reunión de los numerosos relatos de los hombres que pasaron este examen, se puede concluir que dejó en ellos una profunda y positiva huella. Realmente, durante esta inspección, el hombre es obligado a reevaluar sus actos, hacer un balance de su pasado, y de esta manera juzgarse a sí mismo. En la vida cotidiana, los hombres esconden las cualidades negativas de su carácter, como si se escondieran detrás de una máscara de virtud, para parecer mejores de lo que realmente son. La mayoría se acostumbra tanto a la hipocresía, que dejan de ver su verdadero “yo,” a menudo orgulloso, pagado de sí mismo, libertino, etc. Pero en el momento de la muerte ésta máscara se cae y el hombre comienza a verse tal como es en la realidad. En particular durante el examen aparece cada uno de los actos cuidadosamente escondidos, en todos sus detalles, colores y dimensiones. Se oye cada palabra pronunciada, en forma nueva se viven los acontecimientos, hace tiempo olvidados. En este momento todas las ventajas que se conquistaron en la vida, como: situación social y económica, diplomas, títulos, etc., pierden su importancia. Lo único que se valoriza es la parte moral de las acciones. Entonces el hombre se juzga a sí mismo no sólo por lo que hizo, sino también por cómo influenció a otras personas con sus palabras y sus actos.

Así un hombre describe el examen de su vida: “Me sentí fuera de mi cuerpo, flotando por encima del edificio. Veía mi cuerpo acostado abajo. Luego fui rodeado de la Luz y en ella vi como una visión móvil que mostraba toda mi vida. Me sentí muy avergonzado ya que mucho de lo que yo consideraba normal y aprobaba, ahora veía que era malo. Todo era muy real. Sentía que una mente superior me estaba juzgando, me dirigía, y me ayudaba a ver. Más todavía, me pasmó que Ella no sólo me mostraba qué hice, sino también la repercusión que tuvieron mis actos en otros hombres. Entonces entendí que nada se borra ni pasa sin huella; todo, hasta cada pensamiento, tiene consecuencias (2, pág. 34-35).

Los dos siguientes fragmentos de relatos de hombres que experimentaron la muerte temporal, ilustran cómo el examen les enseñó a ver la vida en forma nueva. “No conté a nadie lo que experimenté en el momento de mi muerte, pero cuando volví a la vida, me movía un ardiente deseo de hacer algo bueno por los demás. Estaba muy avergonzado de mí mismo. Cuando volví decidí que me era indispensable cambiar. Estaba arrepentido, mi vida pasada no me satisfacía. Decidí comenzar una vida completamente diferente (2, pág. 25-26).

Ahora imaginemos un empedernido delincuente que durante toda su vida hizo mucho mal a otros — mentiroso, calumniador, delator, asaltante, asesino, violador, sádico. Muere y ve todas sus malas acciones en sus terribles detalles. Su conciencia, largamente dormida, bajo la influencia de la Luz, inesperadamente para él mismo, se despierta y comienza a acusarlo implacablemente. ¡Qué sufrimiento intolerable, qué desesperación debe sentir, cuando ya no puede arreglar nada, ni olvidar! Esto, en verdad, será para él el comienzo del insoportable suplicio. La conciencia de todo el mal realizado, la mutilación del alma propia y de otras ajenas, será para él, “el gusano que nunca muere” y “el fuego que no se apaga.”

 

6. Nuevo mundo.

 

Algunas diferencias en las descripciones de lo vivido durante la muerte, se explican por el hecho de que aquel otro mundo no se parece al nuestro, donde nacimos y en el cual se formaron todos nuestros conceptos. En aquel mundo, el espacio, el tiempo, y los objetos tienen un contenido completamente diferente a aquellos a los cuales están acostumbrados nuestros órganos de percepción. El alma, por primera vez en el mundo espiritual siente algo semejante a lo que sentiría un gusano subterráneo al salir por primera vez a la superficie de la tierra. Él percibe la luz solar, siente el calor del sol, ve el paisaje, escucha el canto de los pájaros, huele los perfumes de las flores (haciendo la salvedad de que el gusano pueda tener todos estos órganos de percepción). Todo eso es tan nuevo y hermoso, que difícilmente sería capaz luego de contarlo tal cual a los habitantes de su reino subterráneo.

De manera similar, los hombres que se encuentran después de su muerte en el otro mundo, ven y perciben muchas cosas que no pueden luego describir. Así, por ejemplo, dejan de sentir allí la distancia tan habitual para nosotros. Algunos afirmaron que podían sin esfuerzo, sólo con pensarlo, trasladarse de un lugar a otro, independientemente de la distancia que los separaba. Así, por ejemplo, un soldado gravemente herido en Vietnam, durante la operación salió de su cuerpo y observó cómo los médicos trataban de reanimarlo. “Yo estaba allí y el médico estaba pero al mismo tiempo era como si no estuviera. Traté de tocarlo pero pasé a través de él. Entonces, de repente me encontré en el campo de batalla donde había sido herido, y vi a los enfermeros que recogían a los heridos… Quise ayudarles, pero súbitamente me encontré de nuevo en el quirófano. Parecía como si uno se materializara aquí o allá, con solo desearlo, en un abrir y cerrar de ojos” (5, pág. 33-34). Hay otros relatos semejantes de repentinos desplazamientos. “Resulta un proceso puramente mental y agradable. Lo deseo, y ya estoy allí. Yo tengo un gran problema. Lo que trato de transmitir estoy obligado a hacerlo en tres dimensiones. Pero lo que acontecía en realidad, no era tridimensional”(1, pág. 26).

Si uno pregunta al hombre que pasó la muerte clínica, cuánto tiempo duró su estado, habitualmente no puede contestar la pregunta. Él no sintió en absoluto el paso del tiempo. “Podrían haber sido unos minutos o varios miles de años, que no hay diferencia” (2, pág. 101; 5, pág. 15).

Otros, de los que pasaron la muerte temporal, aparentemente han llegado a mundos más alejados de nuestro mundo material. Ellos vieron la naturaleza de “aquel lado” y la describieron en términos de prados y colinas herbosas de un color verde tan vivo que no existe en la tierra, campos iluminados con luz dorada. Hay descripciones de flores, árboles, pájaros, animales, cantos, música, prados, jardines de inigualada belleza, ciudades… Pero ellos no encuentran las necesarias palabras para transmitir todas sus impresiones de manera que ellas sean comprendidas.

 

7. El aspecto del alma.

 

Cuando el alma deja el cuerpo, ella no se reconoce inmediatamente a sí misma. Así, desaparecen los signos de la edad: los niños se ven adultos, los ancianos jóvenes (3, pág. 75-76). Los miembros del cuerpo, por ejemplo manos o piernas, perdidos por tal o cual causa, aparecen nuevamente, los ciegos comienzan a ver.

Un operario cayó desde un cartel de propaganda comercial, sobre los cables de alta tensión. Perdió, a causa de las quemaduras, ambas piernas y parte de una mano. Durante la operación, él experimentó la muerte temporal. Al salir de su cuerpo, ni siquiera lo reconoció de inmediato, tan gravemente estaba lesionado. Sin embargo, vio algo que lo sorprendió mucho más: su cuerpo espiritual estaba completamente entero y sano (3, pág. 86).

Sobre la península Long Island, en el estado de Nueva York, vivía una anciana de 70 años, que era ciega desde los 18 años. Tuvo un ataque cardíaco, y en el hospital pasó la muerte temporal. Reanimada, ella relató qué había visto durante la reanimación. Detalladamente describió los diferentes aparatos que usaron los médicos. Lo más sorprendente del caso es que recién en ese momento vio los aparatos, ya que en su juventud, hasta su ceguera, estos aparatos todavía no existían. También le contó al doctor, que lo vio en un traje celeste. Pero reanimada, quedó ciega como era antes (3, pág. 171).

 

8. Encuentros.

 

Algunos cuentan los encuentros con sus parientes o conocidos ya muertos. Estos encuentros, a veces, se producían en las condiciones terrenales, y a veces en el entorno del otro mundo. Así, por ejemplo, una mujer que pasó la muerte temporal, oyó al médico decir a sus parientes que estaba muriendo. Habiendo salido del cuerpo y elevándose, vio a sus parientes y amigos ya muertos. Los reconoció, y ellos estaban contentos de encontrarla. Otra mujer, vio a sus parientes que la saludaban y le daban la mano. Estaban vestidos de blanco, se alegraban, y parecían felices… “y de repente me dieron la espalda y comenzaron a alejarse; mi abuela me miró, sobre el hombro, y me dijo: te veremos más tarde, no ésta vez..” “Ella murió a los 96 años, y aquí lucía, digamos, como de 40 – 45, sana y feliz” (1, Pág. 55).

Un hombre cuenta que cuando estaba moribundo por un ataque cardíaco, en el hospital, su hermana estaba moribunda al mismo tiempo por diabetes, en otra parte del mismo hospital. “Cuando salí de mi cuerpo, — relata — encontré a mi hermana, y me alegré, ya que la quería mucho. Hablando con ella, quise ir tras ella, pero ella, volviéndose hacia mí, me ordenó que volviera a donde estaba, explicándome que mi tiempo todavía no había llegado. Cuando volví en mí, le conté al médico que había estado con mi hermana, que acababa de morir. Él no me creyó, pero ante mi insistencia envió a una enfermera para que lo verificara, y supo así que mi hermana había muerto, como yo le había contado (3, pág. 173).

El alma en el otro mundo, si encuentra a alguien, es principalmente a los que le fueron cercanos. Allí, algo familiar atrae las almas una hacia la otra. Así un anciano padre vio en el otro mundo a sus seis hijos muertos. “Ellos allí no tenían edad” — cuenta él. Hay que aclarar que las almas de los muertos no andan errantes a su voluntad, por donde quieren. La Iglesia Ortodoxa enseña que después de la muerte del cuerpo, el Señor indica a cada alma el lugar de su estadía temporal, en el paraíso o en el infierno. Por esto, a los encuentros con las almas de los parientes muertos, no hay que interpretarlos como regla, sino como excepción que es permitida por el Señor para el bien de aquél a quien le toca seguir viviendo todavía en la tierra. Es posible, así mismo, que no se trate de encuentros propiamente dichos, sino de visiones. Hay que reconocer que en este tema hay mucho de inaccesible para nuestro entendimiento.

Básicamente, los relatos de los hombres que llegaron hasta “el otro lado de la cortina,” hablan de lo mismo, pero con detalles diferentes. A veces, ellos ven lo que esperaban ver. Los cristianos ven a los Ángeles, a la Madre de Dios, a Jesucristo, a los santos. Los no creyentes ven templos, figuras vestidas de blanco, jóvenes, o a veces no ven nada, pero perciben la “presencia.”

 

9. El lenguaje del alma.

 

En el mundo espiritual las conversaciones transcurren no en la lengua conocida del hombre ni en ninguna lengua humana, sino aparentemente por medio del pensamiento. Por eso, cuando los hombres vuelven a la vida, les es difícil transmitir exactamente las palabras que usó la Luz, el Ángel, o algún otro con quien se encontró (1, pág. 60). Por consiguiente, si en el otro mundo los pensamientos “se oyen,” debemos aprender aquí a pensar siempre lo bueno y lo recto, para no pasar vergüenza luego allí, de aquello que hemos pensado involuntariamente.

 

10. La frontera.

 

Algunos hombres que se encontraron en el otro mundo, relatan que vieron algo que recuerda a una frontera. Unos la describen como un cerco o una reja al final del campo; otros como orilla de lago o mar; otros todavía como una tranquera o puerta, un torrente o una nube. La diferencia de la descripción también es consecuencia de la percepción subjetiva de cada individuo. Por eso es imposible definir con exactitud, qué es la frontera. Lo importante, sin embargo, es que todos la entienden como una valla, que si se la traspasa no hay vuelta al mundo anterior. Después de ella comienza el viaje a la eternidad (1, pág. 73-77; 51).

 

11. El retorno.

 

A veces al recién muerto se le dá posibilidad de elección: quedarse allí o volver a la vida terrenal. La voz de la luz puede preguntar p. ej.: “¿Estas listo?” Así el soldado malherido en la batalla vio su cuerpo mutilado y escuchó la voz. Él pensó que con él hablaba Jesucristo. Se le dio la posibilidad de volver al mundo terrenal, donde él sería un inválido o quedarse en el otro mundo. El soldado prefirió volver.

Muchos están atraídos por el deseo de terminar alguna misión en la tierra. Al volver ellos afirman que Dios les permitió volver y vivir porque la obra de su vida no estaba terminaba. Ellos aseguran que el retorno es precisamente el resultado de su propia elección. Esta elección fue aceptada porque obedecía al sentido del deber y no por motivos egoístas. Así por ejemplo algunas eran madres y querían volver con sus hijos pequeños. Pero había casos en que se les ordenaba volver, a pesar de su deseo de quedarse allí. El alma ya estaba llena de alegría, amor y paz, estaba bien allí, pero su tiempo todavía no había llegado. Ella escucha la voz que le ordena volver. Los intentos de oponerse al retorno al cuerpo no resultan. Una fuerza las arrastra hacia atrás.

Hay un relato de una paciente del Dr. Moody: “Tuve un ataque cardíaco, me encontré en un vacío negro, sabía que había dejado mi cuerpo y me estaba muriendo… Pedí a Dios ayuda, me deslicé rápidamente por las tinieblas y vi adelante una neblina gris y detrás de ella unas figuras humanas. Sus formas eran como en la tierra y veía algo parecido a casas. Todo estaba iluminado por una luz dorada muy tenue, no tan burda como la de la tierra. Sentí una gran alegría y quería pasar a través de esta neblina, pero salió mi tío Karl, que murió hace muchos años atrás. Él me cortó el camino y me dijo: “Ve atrás, tu trabajo en la tierra todavía no está terminado, vuelve atrás inmediatamente.” Ella tenía un hijo pequeño, que sin ella se hubiera perdido.

La vuelta al cuerpo a veces se produce en un momento, a veces coincide con la aplicación del “shock” eléctrico o de otros métodos de reanimación. Todas las percepciones desaparecen y el hombre se siente de repente nuevamente en la cama. Algunos sienten que entran al cuerpo con un empujón. Primero, se encuentran incómodos y con frío. A veces antes de la vuelta al cuerpo hay un corto desmayo. Los médicos-reanimadores y otros observadores notan, que en el momento de la vuelta a la vida el hombre a menudo estornuda.

 

12. Nueva relación con la vida.

 

Habitualmente los hombres que estuvieron “allí” sufren un gran cambio. Según la afirmación de muchos de ellos, tratan de vivir mejor. Muchos comienzan a creer en Dios más firmemente, cambian su manera de vivir, se hacen más serios y profundos. Algunos hasta cambiaron su profesión y comenzaron a trabajar en hospitales y geriátricos, para ayudar a los necesitados. Todos los relatos de los hombres que pasaron la muerte temporal, hablan de fenómenos completamente nuevos para la ciencia, pero no para el cristianismo. A continuación veremos los casos contemporáneos de las visiones del otro mundo a la luz de la enseñanza ortodoxa.

 

 

Evaluación de los Relatos

Sobre la Vida Después de la Muerte.

 

Después de familiarizarse con los libros contemporáneos sobre la vida después de la muerte el lector tiene la impresión que la muerte no es temible absolutamente y que al hombre, que pasa al “otro mundo” lo esperan automáticamente sensaciones agradables de apaciguamiento, alegría y permanencia en la Luz, que todo lo ama y todo lo perdona, que por esto no hay diferencia entre virtuosos y justos, y pecadores, creyentes y no creyentes. Esta circunstancia obligó a algunos filósofos cristianos a tomar precauciones y conducirse con desconfianza hacia la literatura de este tipo. Se comenzó a preguntar: “¿No serán estas visiones de luz, astutos ardides, diabólicos engaños para dormir la vigilancia de los cristianos? Vive como quieras, que igualmente llegarás al paraíso.”

Por esta causa los investigadores John Ankenberg y John Weldon miran negativamente toda la literatura contemporánea sobre los estados de “pre-muerte” (Near Death Experiences, 9), viendo en ellos solo trucos ocultistas. Pero una cuidadosa evaluación de los relatos actuales de los hombres que pasaron la muerte clínica, lleva a la convicción que la mayoría de ellos tuvo visiones auténticas y no seducciones diabólicas. El problema principal se encuentra no en las visiones mismas de pre-muerte, sino en su interpretación por los médicos y psiquiatras alejados del cristianismo.

En primer lugar, no todos los temporalmente muertos son merecedores de ver la Luz. Ya mencionamos la investigación cuidadosa de Dr. Ring, de la cual es evidente que sólo un porcentaje comparativamente pequeño ve la Luz. El Dr. Maurice Rawlings (4), quien personalmente reanimó a muchos moribundos, afirma que porcentualmente, es igual la cantidad de hombres que ven tinieblas y horrores que los que ven la Luz. De la misma opinión es el Dr. Charles Garfield, quien conduce investigaciones sobre los estados pre-mortales. Él escribe: “No todos los hombres mueren de una manera agradable y tranquila… Entre los pacientes, interrogados por mí casi el mismo número experimentaron un estado desagradable (encuentros con seres parecidos a demonios), como los que experimentaron un estado agradable. Algunos hasta pasaron ambos estados (10, pág. 54-55).

Hay razones de suponer que muchos a veces conscientemente y otras veces inconscientemente callan sobre sus visiones desagradables post-mortem. Según la opinión del Dr. Rowlings, algunos de estas visiones son tan terroríficas, que el subconsciente humano de la gente que los vieron borra automáticamente de la memoria estas imágenes. En su libro Dr. Rawlings menciona ejemplos de esta amnesia. Los psiquiatras que tratan a la gente que pasaron en su infancia fuertes situaciones traumáticas (por ejemplo violación, golpes) conocen acerca de esta amnesia selectiva. Además los hombres que tuvieron visiones luminosas, las relatan con más ganas que los que pasaron algo horroroso. Pues aquello, lo que el hombre ve “allá,” debe coincidir con lo que él se merece por su vida virtuosa o pecaminosa. Así, dos factores dan más peso a un reporte unilateral: a) el proceso de amnesia selectiva; b) el deseo de no hablar mal de sí mismo.

Karl Osis dice que durante el estudio de la muerte entre los hindúes, se vio que un tercio de ellos siente ante la muerte el miedo, la depresión y una gran agitación por la aparición de “Yamdoots,” el ángel de la muerte hindú, y otros monstruos de ultratumba (esr Osis, Karl and Haraldson Erlendur, “At the Hour of Death,” New York, Avon Books, 1972, pág. 90). Evidentemente la religión hindú, con su misticismo pagano, puede ayudar al acercamiento del hombre a las fuerzas oscuras — lo que se manifiesta luego con visiones terroríficas ante la muerte.

De la literatura de los santos padres sabemos que la seducción del diablo — es un peligro real. El apóstol Pablo nos previene que: “Satanás puede tomar la forma del Ángel de la Luz” (2 Cor 11:14). Al mismo tiempo el diablo no tiene poder de seducir a cualquiera, como y cuando quiere: sus acciones están limitadas por Dios. Si un hombre es orgulloso y desea ver algo sobrenatural, milagroso, lo que no merecen ver otros hombres, se encuentra en grave peligro de confundir un demonio por un ángel. En la literatura espiritual, esto se llama “encantamiento” o “seducción” de las palabras (encanto, seducción). En peligro de caer en esta trampa se encuentran los novicios desobedientes, los ascetas orgullosos, los falsos profetas y curanderos y los que practican un misticismo negativo, como la transmeditación, yoga, espiritismo, ocultismo, etc. De los relatos de hombres que pasaron la muerte temporal no se ve que ellos practicaran algo semejante. En su mayoría, son hombres comunes, que por tal o cual enfermedad física, murieron y gracias a los esfuerzos de los médicos y los éxitos de la medicina actual, fueron reanimados. Ellos no esperaban tener ninguna visión extraordinaria, y lo que les fue dado ver, evidentemente fue obra de la misericordia Divina, para que tomen más seriamente su vida. Es difícil de imaginar que Dios permita a Satanás tentar a estos sufrientes, poco duchos en la vida espiritual. Además, según los relatos reunidos por el Dr. Morse, esta misma Luz, la vieron muchos niños, que por su pureza e inocencia, se encuentran bajo la protección especial del Todopoderoso.

En los libros ortodoxos sobre la vida después de la muerte, hay relatos sobre la aparición de los demonios a los moribundos y sobre la fase de “tribulaciones,” que pasa el alma. Hablaremos de esto más adelante. Sin embargo, en éstos mismos libros se ve que habitualmente los demonios comienzan a espantar al alma, ya después de que su Ángel de la Guarda llegó a ella y comenzó a acompañarla hacia el Trono de Dios. Además, en presencia del Ángel, los demonios están obligados a aparecer con todo su aspecto repugnante.

Acerca de las descripciones contemporáneas de la Luz, quedan ciertas dificultades, acerca de como hacerlas coincidir con los relatos cristianos tradicionales. En la literatura ortodoxa, el Reino de la Luz se describe como enlazado con el acercamiento al Cielo, en tanto que en la literatura actual, los hombres ven la Luz sin necesidad de cruzar la misteriosa frontera que separa este mundo del “otro.” Pensamos que los hombres que pasaron la muerte temporal, todavía no estuvieron ni en el verdadero paraíso, ni en el verdadero infierno, sino que sólo contemplaron y saborearon estos estados. Cuando los Ángeles se les aparecían a los santos, ellos irradiaban luz, en el monte Tabor, los apóstoles vieron esta Luz espiritual, aunque todavía físicamente se encontraban en este mundo. Dios por Su misericordia revela esta maravillosa Luz para que sirva de aliciente al hombre para llevar una vida justa y virtuosa. El contacto con la Luz aporta siempre el sentimiento de una no terrenal paz y alegría. La Luz diabólica, en cambio, lleva consigo un sentimiento de confusa inquietud, e induce al hombre a sentirse superior, promete conocimiento, pero no tiene amor, esta es una luz fría.

A todo lo dicho hay que agregar que la evaluación de sus vidas que los hombres experimentaron durante su contacto con la Luz, cuando fueron obligados a reevaluar sus actos, y así también la subsiguiente corrección de su modo de vida, nos conduce a pensar que su visión de la Luz fue una visión benéfica y no una seducción. Sabemos que “por sus frutos los reconoceréis.” El diablo trata de alejar al hombre de Dios. Sería imposible pensar que él ayude a la gente a ser más creyente y virtuosa.

A pesar de todo, en un plano más amplio, el hombre creyente debe ser muy cuidadoso con las visiones y experiencias místicas. Así, con la aparición de una gran cantidad de casos de reanimación después de la muerte clínica, algunos médicos y psiquiatras, propusieron crear una nueva rama de la ciencia, que trate sobre el alma y la vida después de la muerte. Es innegable que siempre se puede comparar, generalizar y sistematizar los datos sobre lo que vieron las almas en el “otro” mundo. Sin embargo, es necesario entender que el papel de los médicos y psiquiatras estará condenado a la compilación de casos aislados. Por cuanto nosotros, los vivos, estamos separados de un contacto directo con el mundo espiritual, no hay medio de planear y controlar los estados post-mortem, a semejanza de experimentos de laboratorio.

Además de esto hay que recordar también que la vida del hombre se encuentra en las manos de Dios. Sólo Él determina el momento de la muerte, así como también el destino del alma después de su separación del cuerpo. Por eso los intentos de experimentar sobre este tema, entran en conflicto con la voluntad Divina y llevan al experimentador a un contacto con los espíritus del mal. Como resultado, los datos recogidos por él serán no fidedignos y sus conclusiones erróneas. Serafín Rous, monje-sacerdote, escribe acerca de esto: “Muchos investigadores contemporáneos aceptan, o al menos ven con simpatía, el estudio de lo oculto en el tema de los estados fuera del cuerpo, por la única causa que éste está basado sobre experimentos, que es lo que constituye la base de la ciencia. Pero la experimentación en el mundo material difiere fundamentalmente de la “experimentación” sobre los estados extracorporales. En el mundo material, los objetos de estudio y las leyes de la naturaleza, son moralmente neutrales, y por eso pueden ser objetivamente investigados y verificados por otros. Pero en el caso dado, los objetos de estudio están escondidos de la gente, muy difíciles de captar y a menudo muestran su propia voluntad con el objetivo de engañar al observador” (8, pág. 127-128). Esto pasa porque la esfera del mundo espiritual más cercana a nosotros, está llena de seres conscientemente malos, demonios, quienes son especialistas en el engaño y la seducción. Ellos con gusto participarán en cada experimento y le imprimirán su dirección correspondiente.

Por eso la advertencia del padre Serafín debe tomarse muy seriamente. Así, actualmente, una serie de investigadores, comenzando por los casos médicos documentados de la muerte clínica, pasaron a experimentos personales de los estados extracorporales. No tomando como guía las enseñanzas cristianas, y la experiencia de muchos siglos de la Iglesia Ortodoxa, ellos comenzaron a estudiar los estados del “cuerpo astral” y cayeron en la espesura del ocultismo. Lamentablemente, esto pasó con el Dr. Moody, la siquiatra E. Kubler- Ross y algunos otros. El Dr. Moody, por ejemplo, quien escribió tres libros valiosos con datos bien documentados, comenzó a experimentar según las recetas teosóficas y de la meditación trascendental. Hace poco editó un libro sobre ese tema, bajo el título: “Vuelta atrás” (Coming back), en él cual menciona los típicos desvaríos hindúes sobre la reencarnación. (Véase en el agregado la discusión sobre este tema)

 

 

Relatos de los Suicidas

 

Mientras las almas de la gente muerta naturalmente, experimentan en el otro mundo alivio y hasta alegría, las almas de los suicidas, por el contrario, llegando a ese mundo, sienten ansiedad y sufrimiento. Uno de los especialistas en el tema del suicidio expresó este hecho con una frase muy acertada: “Si usted se separa de la vida, con el alma en tormento, pasará al otro mundo con el alma en tormento.” Los suicidas cometen su acto para “terminar con todo” y resulta que allí, justamente, todo para ellos recién comienza.

Estos son algunos relatos contemporáneos que ilustran el estado en el otro mundo de los suicidas. Un hombre que amaba mucho a su esposa, se suicidó cuando ella murió. Esperaba, por este medio, reunirse con ella para siempre. Sin embargo, resultó completamente de otra manera. Cuando el médico logró reanimarle, él relató lo que sigue: “Yo llegué a otro lugar distinto al de ella… Era un lugar horrible… Y entendí enseguida que había cometido un error enorme” (1, pág. 143).

Algunos de los suicidas, devueltos a la vida, relataban que después de la muerte ellos se encontraron en algo así como una prisión, y sentían que deberían permanecer allí largo tiempo. Entendían que era el castigo para ellos por haber quebrado la ley establecida, según la cual cada hombre debe sufrir una cuota designada de penurias. Si, voluntariamente, abandonaban el peso impuesto sobre ellos, en el otro mundo deberán llevar un peso mucho mayor.

Un hombre que pasó la muerte temporal relató: “Cuando llegué allí entendí que dos cosas son absolutamente prohibidas: matarse a sí mismo y matar a otro hombre. Si yo decidiera suicidarme, esto significaría arrojar a la cara de Dios Su don. Privar de la vida a otro hombre — significaría romper el plan Divino preparado para él (1, pág. 144).

La impresión general de los médicos-reanimadores — es que el suicidio se castiga muy severamente. El Dr. Bruce Geyson, psiquiatra en el departamento de primeros auxilios en la Universidad de Connecticut, quien estudió detenidamente este problema, atestigua que nadie que pasó la muerte temporal desea apurar el fin de su vida (3, pág. 99). A pesar de que el otro mundo es incomparablemente mejor que el nuestro, la vida aquí tiene un importante valor preparativo. Sólo Dios decide cuándo el hombre está suficientemente maduro para la eternidad.

Beverly, una mujer de 47 años, cuenta cuán feliz es de haber quedado viva. Cuando era niña, sufría mucho a causa de la crueldad de sus padres, que día a día se burlaban de ella. Ya adulta, ella no podía hablar tranquila de su infancia. Un día, cuando tenía 7 años, exasperada por sus padres, se tiró cabeza abajo rompiéndose la cabeza contra el cemento. Durante su muerte clínica, su alma vio niños conocidos que rodeaban su cuerpo inanimado. De repente, brilló una fuerte luz alrededor de ella. De ésta se oyó una Voz desconocida que dijo: “Cometiste un error. Tu vida no te pertenece y tú debes volver.” Beverly opuso: “Pero nadie me ama y nadie se ocupa de mí.” “Es verdad — contestó la Voz, — y en el futuro nadie se ocupará de ti. Por eso debes aprender a ocuparte de ti misma.” Después de éstas palabras, Beverly vio alrededor de ella la nieve y un árbol seco. Pero sintió un soplo tibio, la nieve se derritió, y las ramas secas del árbol se cubrieron de hojas y manzanas maduras. Acercándose al árbol, comenzó a arrancar manzanas, y con agrado comenzó a comerlas. Allí comprendió que, así como en la naturaleza, así también en cada vida hay períodos de invierno y de verano, que forman una unidad entera en el plan del Creador. Cuando Beverly volvió a la vida, comenzó a considerarla en forma nueva. Ya adulta, se casó con un buen hombre, tuvo hijos y fue feliz (7, pág. 184).

 

 

La Enseñanza Ortodoxa

Sobre la Vida Después de la Muerte.

 

A pesar de que la experiencia cotidiana nos dice que la muerte es el destino obligado de todo ser humano, y ley de la naturaleza, sin embargo las Sagradas Escrituras nos enseñan que al principio la muerte no se encontraba en los planes de Dios con respecto al hombre. La muerte no es una norma establecida por Dios, sino más bien su desviación y una gran tragedia. El libro del Génesis dice que la muerte irrumpió en nuestra naturaleza, como consecuencia de la transgresión de nuestros primeros padres al mandamiento de Dios. Según la Biblia, el objetivo de la venida del Hijo de Dios al mundo, fue la devolución al hombre, de la vida eterna que había perdido. Aquí no se trata de la inmortalidad del alma, ya que ella, por su propia naturaleza, no se destruye, sino de la inmortalidad del hombre en su totalidad de cuerpo y alma. La recuperación de la unidad del alma con el cuerpo, debe realizarse para todos los hombres simultáneamente, cuando se produzca la resurrección universal de todos los muertos.

En algunas religiones y sistemas filosóficos (p. ej., El hinduismo y el estoicismo), se prioriza la idea de que lo más importante en el hombre — es su alma. El cuerpo es sólo su envoltura temporal, en la cual se desarrolla el alma. Cuando el alma llega a un nivel espiritual requerido, el cuerpo no es más necesario y debe ser abandonado, como una vestimenta raída. Liberándose del cuerpo, el alma sube a un peldaño superior de su existencia. La fe cristiana no comparte ésta interpretación de la naturaleza humana. Dando prioridad al principio espiritual en el hombre, ve en él, sin embargo, un ser de dos componentes formado por dos partes: espiritual y material, que se complementan mutuamente. Existen seres simples que no poseen el cuerpo, como los ángeles y los demonios, pero el hombre presenta otro estructura y destino. Debido a la presencia del cuerpo, su naturaleza no solo es más compleja sino también es más rica. La unión designada por Dios del alma y el cuerpo — es una unión eterna.

Cuando, después de la muerte, el alma deja su cuerpo, ella entra en una situación extraña para ella. Realmente, no está hecha para existir como fantasma, y le cuesta adaptarse a las condiciones nuevas y no naturales para ella. Por eso, para destruir todas las consecuencias letales del pecado, Dios quiso que los hombres creados por Él, llegaran a la resurrección. Esto pasará durante la segunda venida de Nuestro Salvador, cuando, por Su Omnipotente Palabra, el alma de cada hombre retornará a su reconstruido y renovado cuerpo. Repetimos, ella entrará no en una nueva envoltura, sino que se unirá precisamente con el cuerpo, que le pertenecía antes, pero renovado e incorruptible, adaptado a las nuevas condiciones de existencia.

En cuanto al estado temporal del alma, desde su separación del cuerpo hasta el día de la resurrección universal, las Sagradas Escrituras enseñan que el alma sigue viviendo, sintiendo y pensando. “Dios no es Dios de los muertos, sino de los vivos, ya que para Él todos viven,” dijo Cristo (Mat. 22:32; Ecles. 12:7). La muerte, siendo una separación temporal con el cuerpo, es mencionada en las Sagradas Escrituras como partida, separación, dormición (2 Ped. 1:15; Filip. 1:23; 2 Tim. 4:6; Hech. 13:36). Está claro que la palabra “dormición” (sueño) se refiere no al alma, sino al cuerpo que después de la muerte como si descansara de sus tareas. El alma, en cambio, separándose del cuerpo, sigue llevando su vida consciente como anteriormente.

La corrección de estos conceptos se ve en la parábola del Salvador sobre el rico y Lázaro (Luc. cap. 16) y del milagro en el monte Tabor. En el primer caso, el rico del evangelio, que se encontraba en el infierno, y Abraham, que se hallaba en el paraíso, discutían la posibilidad de enviar el alma de Lázaro a la tierra a los hermanos del rico, para prevenirles del infierno. En el segundo caso, los profetas Moisés y Elías, que vivieron mucho antes del nacimiento de Cristo, hablaban con el Señor sobre sus futuros sufrimientos. Además Cristo dijo a los judíos, que Abraham vio Su llegada, evidentemente desde el paraíso, y se alegró (Juan 8:56). Ésta frase no tendría sentido si el alma de Abraham se encontrara en su estado inconsciente, como enseñan algunas sectas sobre la vida del alma después de la muerte. El libro de la Revelación (Apocalipsis), en palabras ilustrativas, relata como las almas de los bienaventurados en el Cielo reaccionan ante los hechos que acontecen en la tierra (Apoc. Cap. 5-9). Todas estas partes de las Escrituras nos enseñan a creer que la actividad del alma continúa después de la separación con el cuerpo.

Además las Escrituras enseñan, que después de la muerte, Dios designa al alma un lugar para su permanencia temporal, de acuerdo a lo que se merecía ella, viviendo en el cuerpo: el paraíso ó el infierno. La designación del lugar es precedida por un así llamado juicio “personal.” El juicio personal debe diferenciarse del juicio “universal,” que se producirá al finalizar el mundo. Sobre el juicio personal las escrituras enseñan: “Es fácil para el Señor en el día de la muerte darle al hombre lo que se merece por sus hechos” (Sirah. 11:26) y continúan: “El hombre debe una vez morir y luego el juicio” — aparentemente individual (Heb. 9:27). Hay fundamentos para suponer que en el estado inicial, después de la muerte, cuando el alma por cae primera vez en condiciones nuevas para ella, necesita la ayuda y guía de su Ángel de la guarda. Así p. ej. En la parábola del rico y Lázaro, se cuenta que los Ángeles tomaron el alma de Lázaro y la llevaron al Cielo. Según las palabras del Salvador, los Ángeles se ocupan de “estos pequeños” — los niños (en el sentido directo e indirecto).

Sobre el estado del alma hasta la resurrección universal la Iglesia Ortodoxa enseña: “Creemos que las almas de los muertos, gozan o sufren según sus acciones. Separándose del cuerpo, inmediatamente pasan a la alegría o a la tristeza y la congoja. Sin embargo, no sienten ni gozo perfecto, ni perfecto suplicio ya que esto lo recibirá cada uno sólo después de la resurrección universal, cuando el alma se reúna con su cuerpo, en el cual vivió virtuosamente o viciosamente” (Epístola de los Patriarcas orientales sobre la fe Ortodoxa, punto18).

Así la Iglesia Ortodoxa distingue dos estados del alma en el mundo de ultratumba: uno para los justos y otro para los pecadores — paraíso e infierno. Ella no acepta el estado intermedio de la enseñanza católica de Roma — el Purgatorio, ya que en las Sag. Escr. no hay ni una mención sobre este estado intermedio. La iglesia enseña también que los sufrimientos de los pecadores en el infierno pueden ser aliviados y hasta suprimidos por las oraciones y las buenas obras realizadas en su memoria. De ahí viene la costumbre de enviar al sacerdote oficiante listas de nombres de los muertos y los vivos, durante la Liturgia.

 

El Alma en

su Camino al Cielo

 

Ya hablamos más arriba sobre la etapa de “evaluación,” que algunos pasan inmediatamente después de su separación del cuerpo. Evidentemente esta fase tiene algo en común con el juicio personal, o con la preparación para él.

En las vidas de los Santos y en la literatura espiritual, hay relatos de cómo, después de la muerte del hombre, el alma es acompañada de su Ángel Guardián, que la lleva al cielo a adorar a Dios. A menudo, en este camino, los demonios viéndola, la rodean, para asustarla y llevarla consigo. Esto se debe, según las Sagradas Escrituras, al hecho que los ángeles rebeldes, después de su expulsión del Cielo, se adueñaron del espacio, si se lo puede llamar así, entre la tierra y el Cielo. Por eso, el apóstol Pablo llama a satanás el “príncipe que gobierna en el aire” y a sus demonios — los espíritus “infracelestes” del mal (Efes. 6:12; 2:2). Estos espíritus infracelestes errantes, viendo el alma conducida por el Ángel, la rodean y la acusan de sus pecados hechos en la tierra. Siendo sumamente descarados, tratan de espantarla, llevarla a la desesperación y adueñarse de ella. En este tiempo el Ángel la defiende y la anima. De lo dicho no hay que sacar la conclusión que los demonios tienen algún derecho sobre el alma humana, — ellos mismos están predestinados a ser juzgados por Dios. Ellos sólo aprovechan, en su descaro, que el alma durante su vida en la tierra en algo les obedecía. Su lógica es simple: “Si tú actuabas como nosotros, tu lugar es con nosotros.”

En la literatura eclesiástica, este encuentro con los demonios se llama “tribulaciones” (Entre los Padres de la Iglesia hablan sobre este tema San Efrem el Siríaco, Atanasio el Grande, Macario el Grande, Juan Crisóstomo y otros). Más detalladamente desarrolla ese tópico San Cirilo de Alejandría, en su “Palabra sobre la separación del alma,” que forma parte del Salterio Liturgico. Una descripción muy clara de este camino se encuentra en la vida del Beato Basilio el Nuevo (Siglo X), donde aparece la Bienaventurada Teodora, fallecida, que relata lo que vio y sintió después de la separación con el cuerpo. Las descripciones de las tribulaciones se pueden encontrar, asimismo, en el Libro “Los eternos misterios de ultratumba.” Leyendo estos relatos hay que tener presente que hay mucho de relativo en ellos, ya que las circunstancias reales del mundo espiritual, no se parecen al nuestro.

Un encuentro semejante con los espíritus del mal infracelestiales, está descripto por Ikskul, cuyo relato comenzamos más arriba. He aquí lo que pasó cuando los dos Ángeles vinieron a buscar su alma: “Comenzamos a subir rápidamente, y a medida que lo hacíamos, veía yo un espacio cada vez mayor, y al final, cuando este espacio tomó tan horripilantes dimensiones enormes, sentí miedo al sentirme tan ínfimo ante tan inconmensurable desierto. Había también ciertas características en mi visión. En primer término, estaba oscuro, pero yo veía todo con claridad, por consiguiente mi vista adquirió la facultad de ver en la oscuridad. En segundo lugar, mi vista abarcaba un espacio tal que es imposible para una vista común.

La idea del tiempo, desapareció de mi mente y yo no sé cuánto tiempo más subimos. De repente se oyó un ruido indefinido y luego apareciendo, no se sabe de dónde, con gritos y ruido, se acercó a nosotros una muchedumbre de seres repugnantes. “Demonios,” — entendí con inusual rapidez y me helé de un horror especial, desconocido por mí hasta ahora. Rodeándonos por todos lados, ellos con gritos y ruido, exigían que se me entregue a ellos, trataban de agarrarme y arrancarme de alguna manera de las manos de los Ángeles, pero, evidentemente no se atrevían a hacerlo. En esta repugnante algarabía, tanto para el oído, como para la vista, yo lograba, a veces, escuchar palabras y hasta frases enteras.

— “Él es nuestro, él negó a Dios,” — de repente como a una voz gritaron ellos y ahora ya con todo descaro se tiraron sobre nosotros, que del horror por un instante se me heló el pensamiento. “¡Es mentira! ¡Eso no es verdad!” volviendo en mí, quise gritar, pero la servicial memoria me ató la lengua. De una manera incomprensible recordé, de repente, un hecho trivial relacionado con mi adolescencia, y que antes tenía completamente olvidado.

Recordé, que en el tiempo cuando todavía estudiaba, nos reunimos en casa de un compañero, y charlando primero sobre las cosas de la escuela, pasamos a hablar de temas elevados y abstractos — como pasaba a menudo.

— “No me gustan las abstracciones, — decía uno de mis compañeros, — pero esto es ya completamente imposible. Puedo creer en alguna, aunque sea hasta ahora no estudiada por la ciencia, fuerza de la naturaleza, o sea, puedo aceptar su existencia, sin ver sus claras manifestaciones, ya que ella puede ser tan ínfima, que se confunde en sus acciones con otras fuerzas y es difícil distinguirla; pero creer en Dios como Ser Personal y Omnipotente, — creer cuando no veo por ningún lado claras manifestaciones de esta Personalidad — esto ya es un absurdo. Me dicen: Cree. Pero por qué debo creer, cuando en forma idéntica, puedo creer que Dios no existe. ¿No es cierto acaso? ¿Y es posible, que Él no exista?” Ya directamente se dirigió a mí, mi compañero.

— “Puede ser, que no exista,” dije yo. Esta frase era verdaderamente una “frase vana”: el discurso insensato de mi amigo no podía despertar en mí dudas acerca de la existencia de Dios. Yo ni siquiera seguía con atención de qué se hablaba — y he aquí que esta frase vana, no desapareció sin dejar rastro. Yo debía justificarme, defenderme de la acusación recibida… Esta acusación aparentemente, era el argumento más fuerte para mi perdición, para los demonios. Era como si ellos sacaran de él una nueva fuerza para el atrevimiento de sus ataques y con un atroz rugido, giraron alrededor de nosotros, cortándonos el camino.

Me acordé de la oración y comencé a orar, llamando en auxilio a aquellos Santos que conocía o cuyos nombres recordaba. Esto no espantó a mis enemigos. Pobre ignorante, cristiano sólo de nombre, yo posiblemente, por primera vez me acordé de Aquella que se llama la Protectora de los cristianos.

Pero, evidentemente, mi llamado a Ella era tan ferviente, hasta tal punto estaba mi alma llena de horror, que apenas yo, recordando, articulé Su Nombre, alrededor nuestro repentinamente apareció como una neblina blanca que rápidamente cubrió la repugnante masa de demonios, y éstos desaparecieron de mis ojos, antes de separarse de nosotros. Su rugido todavía se escuchó durante un tiempo, luego comenzó a debilitarse y comprendí que la terrible persecución nos había dejado.

El miedo experimentado por mí, era tan fuerte, que no sabía si seguíamos nuestro vuelo durante este horrible encuentro o si nos detuvimos por un tiempo. Entendí que nos movíamos, que continuábamos elevándonos hacia arriba, solo cuando nuevamente se abrió ante mí el espacio infinito.

Después de recorrer cierta distancia, vi una fuerte luz sobre mí. Se parecía a la luz solar, pero era mucho más fuerte. Allí, seguramente, había algo así como un reino de la Luz. Si, justamente un reino, con pleno poder de la Luz, — adivinando con algún sentido especial nunca visto por mí, pensaba yo, — porque con esta luz no hay sombras. “¿Pero cómo puede ser la luz sin sombras?” enseguida surgieron, con extrañeza, mis conceptos terrenales.

De repente, rápidamente, entramos en la esfera de esta Luz, y Ella literalmente me encegueció. Cerré los ojos, cubrí con las manos mi rostro, sin resultado, ya que mis manos no daban sombra. ¡Y que hubiera significado aquí una defensa semejante!.

Pero pasó algo diferente. Majestuosamente, sin enojo, pero poderosamente e irrevocablemente sonaron desde arriba las palabras: “¡No está listo!” — Y luego… luego una instantánea parada en nuestra dirección ascendente — y rápidamente comenzamos a bajar. Pero antes de dejar estas esferas, me fue dado a conocer una manifestación especial. Apenas sonaron las palabras desde arriba, que todo en este mundo, parecía, que cada partícula de polvo, cada minúsculo átomo, las contestaron con su afirmación. Como un multimillonario eco, las repitió en un idioma intangible para el oído, pero comprensible para el corazón y el intelecto, expresando su total asentimiento a lo determinado por la voz. Y en esa unidad de la voluntad, había una magnífica armonía, y en esta armonía se sentía tanta inexpresable y entusiasmada alegría, ante la cual todos nuestros encantamientos y entusiasmos se parecían — un día sin sol. Como un inimitable acorde musical sonó este enorme eco y toda mi alma contestó con un fogoso impulso para reunirse a esta magnífica armonía.

Yo no entendí el verdadero significado de las palabras dirigidas a mí, o sea, no comprendí que debía volver a la tierra y vivir como antes. Pensé que me llevaban a algún otro lugar. El sentimiento de una tímida protesta se movió en mí, cuando, primero vagamente, como en una neblina matinal, comenzaron a perfilarse los contornos de la ciudad, y luego, claramente, aparecieron las calles conocidas y el hospital. Acercándose a mi cuerpo inanimado, el Ángel Guardián, me dijo: “¿Escuchaste lo determinado por Dios?” — E indicando mi cuerpo, me ordenó: — “¡Entra en él y prepárate!” Después de esto ambos Ángeles se hicieron invisibles para mí.

A continuación, K. Ikskul, relata su vuelta al cuerpo, que estuvo en la morgue durante 36 horas, y cómo los médicos y todo el personal se extrañó por el milagro de su vuelta a la vida. Poco después, K. Ikskul, se retiró a un monasterio y terminó su vida como monje.

 

 

El paraíso y el infierno.

 

Las enseñanzas de las Sagradas Escrituras sobre el gozo de los justos en el paraíso y los sufrimientos de los pecadores en el infierno, se pueden leer en el folleto “Sobre el fin del mundo y la vida futura” (Folleto misionero, numero 47). ¿Cómo es el Cielo? ¿Dónde está? En las conversaciones la gente, designa al Cielo “arriba” y al infierno “abajo.” La gente, que durante su muerte clínica vio el infierno, indefectiblemente, describían el acercamiento a él, precisamente como bajada. A pesar de que “arriba” y “abajo” — son expresiones condicionadas, no sería correcto considerar al cielo y al infierno como distintos estados: ellos — son dos lugares diferentes, aunque no se prestan a ser definidos geográficamente. Los Ángeles y las almas de los muertos pueden encontrarse sólo en un lugar definido: Cielo, infierno o tierra. No podemos señalar el lugar del mundo espiritual porque éste se encuentra fuera de las “coordenadas” de nuestro sistema espacial y temporal. Aquél espacio es de clase diferente y comenzando aquí, se extiende en una nueva e intangible dirección.

Numerosos casos de la vida de los Santos muestran cómo este espacio especial, “irrumpe” en el espacio de nuestro mundo. Así los habitantes de la Isla Elovyl (de los Abetos), vieron el alma de San Germán de Alaska subir en una columna de fuego, el staretz Serafín Glinski vio el alma de San Serafín de Sarov, ascender al cielo. El profeta Eliseo, vio cómo el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego. A pesar de nuestro deseo de penetrar con el pensamiento “allí,” estamos limitados por el hecho de que aquellos “lugares” se encuentran fuera de nuestro espacio tridimensional.

La mayoría de los relatos actuales de los hombres que pasaron la muerte clínica, describen lugares y estados “cercanos” a nuestro mundo, todavía de este lado de la “frontera.” Sin embargo se encuentran descripciones de lugares que recuerdan al “paraíso” o al “infierno,” en los términos de los que hablan las Sagradas Escrituras.

Así, por ejemplo, en las comunicaciones de los Dres. Ritchi, Betty Maltz, Maurice Rawlings y otros, figura el infierno con serpientes, reptiles, hedor insoportable y demonios. En su libro “El retorno desde el mañana,” el Dr. Ritchi relata lo que le pasó a él mismo en 1943, cuando vio las imágenes del infierno. Allí la atracción de los pecadores a los deseos terrenales era insaciable. Él vio a los asesinos que estaban como encadenados a sus víctimas. Los asesinos lloraban y les pedían perdón a sus víctimas, pero éstas no los oían. Eran inútiles lágrimas y ruegos.

Thomas Welch relata cómo, trabajando en un aserradero de Portland, estado de Oregón, resbaló, cayó al río y fue aplastado por unos enormes troncos. Los operarios trabajaron más de una hora para encontrar su cuerpo y sacarlo de debajo de los troncos. No observando ningún signo vital, ellos lo consideraron muerto. Mientras tanto, Thomas, en el estado de muerte temporal, se encontró en el borde de un inconmensurable océano de fuego. Viendo las enormes olas de azufre en llamas, él se petrificó de horror. Esta era la gehena de fuego, — no hay palabras humanas para describirla —. En el mismo borde de la gehena de fuego, él reconoció a algunas caras de conocidos que murieron antes. Todos estaban como paralizados de horror, mirando el movimiento de las olas de fuego. Thomas entendía que no había posibilidad de irse de allí. Comenzó a arrepentirse de que anteriormente se ocupó tan poco de su salvación. ¡Oh! Si él supiera lo que le esperaba, viviría en forma distinta.

En esto vio a alguien que caminaba en la lejanía. El rostro del desconocido reflejaba una gran fuerza y bondad. Thomas enseguida comprendió que era el Señor y que sólo Él podía salvar a su alma de la gehena. Tuvo la esperanza de que el Señor lo viera, pero el Señor pasó de largo, mirando a la lejanía. “Un poco más y Él desaparecerá y será el fin de todo” — pensó Thomas. De repente, el Señor volvió Su rostro y miró a Thomas. Esto era todo lo necesario — ¡solo una mirada del Señor! En un instante Thomas se encontró en su cuerpo y volvió a la vida. Todavía no alcanzó a abrir los ojos, oyó claramente cómo oraban sus compañeros que lo rodeaban. Muchos años después Thomas recordaba lo que había visto “allí,” en sus menores detalles. Este suceso era imposible de olvidar. (Su caso, él lo describió en un librito: “Oregón amazing miracle” Christ for the Nations, Inc., 1976).

El pastor Kenneth E. Hagin, recuerda cómo, en abril de 1933, cuando él vivía en Mackiney, en el estado de Tejas, su corazón se paró y el alma salió del cuerpo. “Después de esto, comencé a bajar, y a medida que bajaba se hacía más oscuro y más caluroso. Luego sobre las paredes de las cavernas vi el centelleo de unos malignos fuegos – aparentemente infernales. Por fin, surgió una llamarada y me arrastró. Muchos años pasaron de esto, pero todavía veo como real ante mí esta llamarada infernal.

Cuando llegué al fondo del abismo sentí la presencia a mi lado de un espíritu, que comenzó a conducirme. En este momento, sobre las tinieblas infernales, sonó una poderosa voz. No entendí lo que dijo, pero sentí que era la voz de Dios. De la fuerza de esta voz, tembló todo el reino infernal, como tiemblan las hojas de otoño, cuando sopla el viento. Inmediatamente, el espíritu que me empujaba me soltó y un fuerte viento me llevó de vuelta hacia arriba. De a poco comenzó a brillar la luz de la tierra. Yo me encontré de nuevo en mi cuarto y salté dentro de mi cuerpo, como el hombre salta en sus pantalones. Vi a mi abuela que me dijo: “Hijito, pensé que habías muerto.” Después de un tiempo Kenneth se hizo pastor de una de las iglesias protestantes y dedicó su vida a Dios. Este caso lo describió en el folleto titulado “Mi testimonio” (4, pág. 91).

El Dr. Rawlings dedica un capítulo entero de su libro a los relatos de la gente que estuvo en el infierno. Unos vieron, por ej., un enorme campo donde los pecadores sin descanso batallaban, se mataban, herían y violaban unos a otros. El aire estaba lleno de gritos insoportables, imprecaciones y maldiciones. Otros describían lugares de trabajo sin sentido, donde unos crueles demonios abrumaban a las almas con el traslado de cosas pesadas de un lado a otro (4, cap.7).

Lo insoportable de los sufrimientos infernales es ilustrado con estos dos relatos tomados de libros ortodoxos.

Un paralítico había sufrido muchos años y por fin le rogó a Dios que haga cesar sus sufrimientos. Se le apareció un ángel y le dijo: “Tus pecados exigen purificación; el Señor te propone que en lugar de un año de sufrimientos en la tierra, que te purificarían, soportes tres horas de suplicios en el infierno: puedes elegir.” El paralítico pensó un poco y eligió las tres horas en el infierno. Después de esto el ángel llevó su alma al infierno.

En todas partes reinaba una densa oscuridad, estrechez, por todos lados los espíritus del mal, los gritos de los pecadores, en todos lados solo sufrimientos. El alma del paralítico se atemorizó indescriptiblemente y sintió una gran congoja; a sus gritos sólo contestaba el eco infernal, y el borbotear de las llamas de la gehena. Nadie prestaba atención a sus quejas y sus gritos, todos los pecadores estaban ocupados con sus propios sufrimientos. Al paralítico sufriente le pareció que ya habían pasado siglos y que el Ángel se había olvidado de él.

Pero por fin apareció el Ángel y le preguntó: “¿Cómo te está yendo, hermano?” “¡Tu me engañaste!”- exclamó el sufriente. — “¡No fueron 3 horas las que pasaron, sino muchos años, en que me encuentro aquí en indescriptibles sufrimientos!”

“¡¿Cómo que años?!” — preguntó el ángel — “pasó sólo una hora y debes seguir sufriendo dos horas más.” Entonces el sufriente comenzó a rogar al Ángel que lo devuelva a la tierra, donde él estaba de acuerdo en sufrir los años que fueran necesarios, con tal de dejar ese lugar de horrores. “Está bien, — contestó el ángel — Dios revelará en ti Su gran misericordia.”

Encontrándose de nuevo en su lecho de enfermo, el paralítico soportó desde entonces, ahora ya con mansedumbre y con paciencia sus sufrimientos, recordando los horrores infernales, donde es incomparablemente peor (de las cartas de Sviatogoretz, pág. 89, carta 15ª, 1883).

He aquí el relato de dos amigos, de los cuales uno se retiró a un monasterio y llevaba allí un estilo de vida santa, y el otro se quedó en el mundo y vivía pecaminosamente. Cuando el amigo pecador, murió repentinamente, su amigo el monje comenzó a orar a Dios que le mostrara cuál había sido el destino de su compañero. Entonces una vez, en un sueño ligero, se le apareció su amigo muerto, y comenzó a relatarle acerca de sus insoportables sufrimientos, y cómo lo estaba consumiendo un gusano que nunca duerme. Diciendo esto, levantó su vestimenta hasta la rodilla y mostró su pierna cubierta totalmente de ese terrible gusano que le comía. De las heridas de la pierna salía tan espantoso hedor, que el monje se despertó de inmediato. Él salió corriendo de su celda y dejó la puerta sin cerrar. El hedor de la celda se desparramó por todo el monasterio. Como con el tiempo el mal olor no disminuía, todos los monjes tuvieron que mudarse a otro lugar. El monje que vio al prisionero infernal, en toda su vida nunca pudo liberarse del hedor, que se le quedó pegado (del libro: “Los eternos misterios de ultratumba,” edic. del Monasterio de San Pantaleón en el Monte Athos).

Al contrario de éstas imágenes de horror, las descripciones del Cielo son siempre luminosas y alegres. Así, p. Ej. Thomas N., científico de fama mundial, se ahogó en la pileta cuando tenía 5 años. Por suerte uno de sus familiares lo vio, lo sacó del agua y lo llevó al hospital. Cuando los demás familiares se reunieron en el hospital, el médico les dijo que Thomas había muerto. Pero inesperadamente para todos, Thomas volvió a la vida. “Cuando estaba bajo el agua, — relataba después Thomas, — sentí que volaba por un largo túnel, a cuyo extremo vi una Luz que era tan fuerte que se la podía sentir. Allí vi a Dios en Su trono y debajo gente, o más posiblemente Ángeles, que rodeaban el trono. Cuando me acerqué a Dios, Él me dijo que mi tiempo todavía no había llegado. Yo sentía que quería quedarme pero repentinamente estuve otra vez en mi cuerpo.” Thomas afirma, que esta visión le ayudó a encontrar el camino correcto en esta vida. Quiso ser científico para entender mas profundamente el mundo creado por Dios. Indudablemente tuvo grandes éxitos en esta dirección (7, pág. 167).

Betty Maltz, en su libro “Yo vi la eternidad,” que salió en 1977, describe cómo, inmediatamente después de la muerte, ella se encontró sobre una hermosa colina verde. Se sorprendió al ver que teniendo tres heridas de operaciones, podía pararse y caminar libremente y sin dolor. Sobre ella había un claro cielo azul. El sol no estaba pero la luz lo invadía todo. Debajo de sus pies desnudos, un pasto de un color tan vivo como jamás había visto en la tierra, cada hojita de pasto parecía dotada de vida propia. La colina era empinada pero los pies se movían fácilmente, sin esfuerzo. Flores de vivos colores, arbustos, árboles. A la izquierda, una figura masculina con un manto. Betty pensó: “¿No sería este un Ángel?” Caminaban sin conversar, pero ella comprendió que él no era ajeno, que la conocía. Y se sentía joven, saludable y feliz. “Sentía que tenía todo lo que había deseado tener, que era todo lo que había querido ser, que iba allí a donde siempre había querido estar…” Luego delante de su mirada pasó toda su vida, vio su egoísmo y tuvo vergüenza, pero se sentía rodeada de cuidado y amor. Ella y su compañero se acercaron a un magnífico palacio de plata, “pero no tenía torres.” Música, cantos. Ella oyó la palabra “Jesús.” La pared de piedras preciosas, la puerta de perlas. Cuando la puerta se entreabrió por un instante, ella vio una calle con luz dorada. No veía a nadie en esa luz, pero comprendió que era Jesús. Quiso entrar en el palacio, pero se acordó de su padre y volvió a su cuerpo. Esta vivencia la llevó más cerca de Dios. Ella ahora ama a la gente.

San Salvio de Albi, jerarca de la Galia del siglo VI, volvió a la vida, después de permanecer muerto la mayor parte del día, y relató a su amigo Gregorio de Tour lo que sigue: “Cuando mi celda se sacudió cuatro días atrás, y tu me viste muerto, me levantaron dos Àngeles y me llevaron a la más alta cumbre del Cielo y bajo mis pies se veían, no sólo ésta lamentable tierra, sino también el sol, la luna y las estrellas. Luego me pasaron por una puerta que brillaba más fuerte que el sol y entraron al edificio, donde los pisos brillaban de oro y plata. Esta Luz es imposible de describir. Este lugar estaba lleno de gente y se extendía en todos los sentidos, tan lejos, que no se veían sus límite. Los Ángeles abrieron camino ante mí a través de la muchedumbre y entramos a aquel lugar al cual estaban dirigidas nuestras miradas aun cuando todavía estábamos no muy lejos. Sobre el lugar había una nube luminosa, más clara que el sol, y de ella escuché la Voz, que parecía la voz de muchas aguas.

Luego me saludaron ciertos seres, algunos vestidos con vestiduras sacerdotales, otros en vestimenta común. Mis acompañantes me explicaron que éstos eran mártires y otros santos. Mientras estaba parado allí, percibí alrededor de mí un perfume tan agradable, que era como si me alimentara, ya que no sentía necesidad ni de comer ni de beber .

Luego una voz desde la nube dijo: “Que este hombre retorne a la tierra, porque es necesario para la Iglesia.” Yo me prosterné en el suelo y lloré. “Helas, helas, Señor — dije — ¿Por qué Tú me mostraste todo esto, sólo para luego quitármelo?” Pero la Voz contestó: “Ve en paz, Yo te guardaré hasta que te devuelva de nuevo a ese lugar.” Entonces, llorando me fui a través de la puerta por donde había entrado.”

Otra hermosa visión del Cielo es relatada por San Andrés el simple en nombre de Cristo, eslavo que vivía en Constantinopla en el siglo IX. Una vez, durante un duro invierno, San Andrés estaba acostado en la calle, y estaba muriéndose por el frío, y en eso sintió un extraño calor dentro de él, y vio un hermoso joven, cuyo rostro brillaba como el sol. Este joven lo llevó al paraíso, al tercer Cielo. He aquí lo que contó San Andrés, cuando volvió a la tierra.

“Por el permiso Divino, permanecí dos semanas en una dulcísima visión… Me vi en el paraíso y me maravillaba de la inefable belleza de ese hermoso y magnífico lugar. Había muchos jardines con altos árboles, que se mecían alegrando mi vista, y de sus ramas salía un agradable perfume. Estos árboles, por su belleza no se parecían a ningún árbol terrestre. En estos jardines había innumerables pájaros con alas doradas, blancas y multicolores. Ellos estaban posados sobre las ramas de los árboles del paraíso y cantaban tan bien que por su dulce cantar, yo me olvidaba de mí mismo… Después me pareció que estaba parado en la cima del Cielo y delante de mí caminaba un joven, con el rostro como el sol y vestido de púrpura… Cuando lo seguí, vi una alta y hermosa cruz, parecida al arco iris y rodeándola, unos cantores de fuego, que cantaban y alababan al Señor, crucificado en la Cruz por nosotros. El joven, que iba delante de mí, se acercó a la Cruz y la besó, indicándome a hacer lo mismo. Besando la Cruz, me llené de indescriptible alegría y sentí un perfume más fuerte que el anterior.

Siguiendo el camino miré hacia abajo y vi como un abismo marino. El joven me dijo: “No temas, debemos subir más alto.” — y me dio su mano. Me agarré de ella, nos encontramos ya más alto que el segundo Cielo. Allí vi a magníficos hombres y su alegría es inexpresable en el lenguaje de los hombres… Nos elevamos hasta más alto que el tercer Cielo. Vi allá a numerosas fuerzas celestiales cantando y alabando a Dios. Nos acercamos a una cortina que brillaba como el relámpago. Delante de ella estaban parados unos jóvenes, parecidos a llamas, y me dijo el joven que me guiaba: “Cuando se abra la cortina, verás al Señor Jesucristo. Entonces saluda al altar de Su Gloria…” Y en esto una mano de fuego abrió la cortina y yo, a semejanza del profeta Isaías, vi al mismísimo Señor sentado en el trono alto y elevado, y los serafines volando alrededor de él. Sus vestiduras eran de púrpura, Su rostro irradiaba luz y Él me miraba con amor. Viendo esto, me prosterné delante de Él, saludando al Trono de Su Gloria. No se puede expresar con palabras toda la alegría que me embargaba al contemplar Su rostro. Hasta ahora, cuando recuerdo ésta visión, me lleno de indescriptible alegría. Trepidante estaba postrado ante mi Señor. Luego todo el ejército celestial cantó un hermoso cántico, y luego, sin darme cuenta cómo, de nuevo me encontré en el Paraíso (es interesante agregar que San Andrés, no viendo a la Virgen María, preguntó dónde estaba, y el Ángel le explicó: “¿Tú pensaste ver aquí a la Reina? No está aquí. Ella bajó al mundo desdichado, para ayudar a la gente y consolar a los acongojados. Yo podría mostrarte Su Santo lugar, pero no tenemos tiempo, ya que tú debes volver”).

Así, según las vidas de los Santos y los relatos en los libros ortodoxos, el alma llega al Cielo después que deja este mundo y cruza el espacio entre este mundo y el Cielo. A menudo, esta parte del camino, está plagada por las trampas de los demonios. Siempre los ángeles llevan al alma al Cielo, ella nunca llega allí sola. Sobre esto escribió también San Juan Crisóstomo: “Entonces los ángeles llevaron a Lázaro… ya que el alma no llega por sí misma a aquella vida, porque para ella es imposible. Si nosotros, para ir de una ciudad a otra necesitamos un guía, más todavía el alma necesitará del guía para el camino cuando se separa del cuerpo, y debe ser presentada a la vida futura.” Es claro que los relatos contemporáneos sobre la Luz y los lugares de gran hermosura, no son verdaderas visitas a estos lugares, sino solo “visiones” y “pre-degustaciónes” de ellos en la distancia.

La verdadera visita al Cielo siempre está acompañada de signos claros de la Gracia Divina, a veces un delicioso perfume, acompañado de un milagroso fortalecimiento de todas las potencias del hombre. Por ejemplo, el perfume alimentó a San Salvio en tal medida, que no necesitó ni comida ni bebida, durante tres días. Y sólo cuando él relató acerca de esto, el perfume desapareció. La profunda experiencia de la visita al Cielo es acompañada por el sentimiento de veneración ante la grandeza Divina, y la conciencia de la indignidad de uno mismo.

Con todo, la experiencia personal del Cielo, no se puede describir exactamente, ya que: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni percibió la mente humana, lo que Dios tiene preparado para los que Le aman.” Y “Ahora lo vemos como a través de un vidrio opaco, como adivinando; entonces lo veremos cara a cara…” (1 Cor. 2:9 y 13:12).

 

 

Conclusión.

 

La inmortalidad del alma, la existencia del mundo espiritual y la vida de ultratumba, son temas de la religión. El cristianismo siempre supo y enseñó que el hombre es algo más que un conjunto de elementos químicos, que además del cuerpo él tiene el alma, que en el momento de la muerte, no muere sino que sigue viviendo y desarrollándose en condiciones nuevas.

Durante los dos milenios de la existencia del cristianismo, se reunió una rica literatura sobre el mundo de ultratumba. En algunos casos el Señor permite a las almas de los muertos, aparecer a sus parientes y conocidos para prevenirles sobre lo que les espera en el otro mundo y con esto incitarlos a vivir moralmente mejor. Gracias a eso en los libros de religión hay bastantes relatos sobre lo que las almas de los muertos vieron en el otro mundo, sobre los Ángeles, sobre el acoso de los demonios, sobre la alegría de los justos en el paraíso, y los sufrimientos de los pecadores en el infierno.

En el último cuarto del siglo, se documentaron numerosos relatos de los hombres que pasaron la muerte clínica. Un importante porcentaje de estos relatos incluye la descripción de lo que vieron cerca del lugar de su muerte. En la mayoría de los casos, las almas de esta gente no alcanzaron a llegar al paraíso o al infierno, pero a veces han contemplado estos estados.

Como los más antiguos relatos de la literatura religiosa, así también las investigaciones actuales de los médicos reanimadores, corroboran las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, que después de la muerte una parte del hombre (llámenla como quieran: “persona,” “conciencia,” “yo” ó “alma), continúa su existencia, pero en condiciones completamente nuevas. Esta existencia no es pasiva, ya que la persona continúa el proceso de pensamiento, siente, desea, etc. en forma semejante a como lo hacía durante su vida terrenal. La comprensión de esta verdad primordial es muy importante, para construir nuestra vida correctamente.

Sin embargo, no a todas las conclusiones de los médicos reanimadores hay que tomarlas literalmente. A veces ellos emiten opiniones basadas en los datos incompletos y a veces hasta erróneos. El cristiano debe, en todo lo que se refiere al mundo espiritual, corroborar con las enseñanzas de las Sagradas escrituras, para no enredarse en las redes de las elaboraciones filosóficas y opiniones personales de los autores de libros que escriben sobre este tema.

El valor principal de las investigaciones contemporáneas sobre las cuestiones de la vida después de la muerte, consiste en que con una vía independiente y científica, ellos confirman la verdad de la existencia del alma y de la vida después de la muerte. Además, estos estudios pueden ayudar al creyente a entender mejor y prepararse para lo que verá inmediatamente después de su muerte.

 

 

 

La Crítica a la Enseñanza

Sobre la Reencarnación

 

En lugar de la enseñanza cristiana sobre la salvación del hombre en Cristo, se difunde cada vez más la nociva teoría oculto-teosófica sobre la reencarnación. Según la versión antigua hindú, el alma después de la muerte pasa temporalmente al plano astral, de donde luego entra en otro cuerpo, por ejemplo: un vegetal, un insecto, un animal, u otro hombre. Aparentemente, sería justo agregar a la lista a los microbios y virus, que los antiguos hindúes desconocían. La clase de cuerpo en el cual va a encarnarse el alma, se define por la cantidad de “karma” — o sea, malas y buenas acciones que reunió en su vida anterior. Si el hombre hacía el bien, su alma pasará a un ser más desarrollado y noble; si vivía mal, su alma será castigada por el pasaje a un ser mas bajo. El proceso de la reencarnación se repite hasta que el alma no se libere totalmente del “karma,” por la vía de perder todo interés en la vida y entonces se unirá con el absoluto (Brahma), o según el budismo, se disuelva en el “Nirvana.”

La enseñanza de la reencarnación afirma que así como hubo un tiempo en que el hombre no existía, llegará el tiempo en que no estará más. El hombre evolucionó desde los seres más bajos y primitivos, como las plantas o los peces, y se desarrollará hasta llegar a un superhombre. Por eso el hombre actual es un ser de transición. Se encuentra totalmente en el poder de las fuerzas cósmicas, que lo llevan hacia una meta incomprensible para él y lo traerán a un estado en el cual no quedará en él ya nada humano.

A pesar de existir varias versiones de la teoría de la reencarnación, en el occidente la más popular es la “humanizada,” según la cual, el alma humana pasa solo al cuerpo de otro hombre, más o menos noble pero no a formas de vida inferiores.

La enseñanza sobre la reencarnación, es contraria a lo que dicen las Sagrada Escrituras sobre la naturaleza y el destino del hombre. Esta falsa teoría no tiene ninguna base objetiva a su favor y está construida enteramente sobre la fantasía. A pesar de esto, atrae adeptos, por un lado con la promesa de cierto tipo de “inmortalidad” del alma (en el sentido primitivo y pagano); por otro lado negando la existencia de un Juez Supremo sobre los hombres y el castigo en el infierno, libera al pecador del sentido de responsabilidad y del miedo de actuar mal. La consecuencia lógica de esta enseñanza es que si el hombre peca en ésta vida, en su siguiente reencarnación, podrá corregir las cosas. Después del número, no limitado, de reencarnaciones, cada hombre llegará al mismo fin que los demás hombres: la unión con el absoluto. La diferencia sólo reside en el número de los ciclos.

Además esta teoría da la posibilidad de explicar y absolver cualquier pasión y hasta crimen del hombre. Por ej.: si un sodomita siente atracción por otros hombres, esto, evidentemente, sólo se debe al hecho de que en una de sus “vidas anteriores,” era mujer. Si la esposa es infiel a su esposo, posiblemente es porque el amante era su esposo en alguna otra vida. Y así sigue.

Dejando de lado que esta enseñanza es una completa e indemostrable patraña y a pesar de ser aparentemente atractiva, en realidad es horriblemente sombría. Primero, ¿qué es lo que reencarna después de la muerte del hombre? Es claro que no es el mismo alma, que nosotros identificamos con nuestro “yo.” Nuestro “yo” se considera a sí mismo como un único e ininterrumpido ser durante toda nuestra vida. Nuestro “yo” aprende, acumula experiencia, desarrolla sus talentos y he aquí que todo ese bagaje conquistado con un gran esfuerzo, durante la muerte se borra y el hombre, en su nuevo cuerpo, debe comenzar a estudiar desde cero. En el momento de su encarnación, su conciencia es una hoja en blanco. Si el hombre sufre por su mala “Karma,” recogida en su vida anterior, así él nunca podrá entender por qué es castigado, ya que no recuerda nada. Resulta que sufre el castigo por las acciones hechas por él en un estado inimputable — lo que es injusto e inaceptable en todo sistema legal y jurisprudencial.

Además, si todos los hombres, tarde o temprano llegarán a una misma meta, ¿para qué entonces trabajar, tratar de desarrollar sus buenas cualidades, hacer el bien? ¿Y qué premio es disolverse en el nirvana, donde no hay ni pensamiento, ni sentir, ni voluntad? En la comprensión de la personalidad se chocan mas agudamente las enseñanzas teosóficas acerca de la reencarnación con las enseñanzas cristianas acerca del hombre. La reencarnación elimina la personalidad.

Según la teosofía, en la evolución cósmica, la personalidad es una formación transitoria y no representa un núcleo firme del hombre. En la reencarnación la personalidad no se conserva. Para la teosofía, el elemento firme que se conserva, no es la personalidad sino la individualidad, que se entiende evidentemente como un conjunto de algunas funciones y caracteres. La individualidad es una categoría de naturaleza biológica, generado por el proceso evolutivo. Resulta de todo esto, que el hombre, en su destino, está definido por las fuerzas cósmicas.

La teoría de la reencarnación en esencia no resuelve el problema de la inmortalidad, ya que la memoria de las vidas previas, no se conserva, lo que es imprescindible para la unidad de la personalidad. El reencarnado, resulta ser un hombre distinto y puede hasta no ser hombre sino alguna otra cosa. El concepto de la teosofía es enemigo de la personalidad y por consiguiente, del hombre. El dios teosófico es impersonal, igual que el hombre. La deidad, el hombre y la naturaleza, son distintas formas del absoluto.

El cristianismo afirma exactamente lo contrario. La más estable y la heredera de la eternidad es la personalidad. Está creada por Dios y lleva en sí la imagen y semejanza Divinas. La personalidad no es producto de la evolución cósmica y no se descompone ni diluye. En esto radica la enorme ventaja del cristianismo sobre la teosofía. Según las enseñanzas cristianas, el hombre puede perfeccionarse continuamente, puede entrar en contacto con Dios y parecerse en cierto modo a Él, conservando siempre su naturaleza humana. El hombre no proviene de las esferas inferiores de la vida cósmica. Él fue creado por un Dios personal y en esto se asemeja a Él. Por eso, el hombre está destinado para la vida consciente eterna.

La teoría de la reencarnación choca con el concepto cristiano de la redención. Esto se ve, con toda claridad, en el ejemplo del sabio malhechor, quien en un instante, el de su conversión a Cristo, hereda el Reino de los Cielos (pasando por alto el “karma” hindú). La redención realizada por Cristo, libera al hombre de los procesos cósmicos, y el poder del destino. Por la fuerza de la Gracia, da lo que no puede dar, ofrecido por la teosofía, el interminable cíclico vagar por los corredores cósmicos.

Los relatos de la vida después de la muerte son valiosos por el hecho de destruir completamente la teoría oculta sobre la reencarnación. Efectivamente, en todos los casos, documentados por los médicos-reanimadores, el alma después de la muerte sigue identificándose con aquella que vivió en el cuerpo hasta la muerte. Si ella deseaba volver al mundo anterior, era sólo para terminar su misión no concluida. Encontrándose con las almas de sus parientes muertos, el alma reconocía en ellos las personalidades vivas y ellos a su vez, la reconocían a ella. En todos los casos las almas de los muertos conservaban su “yo” formado.

De esta manera, negando la conservación de la personalidad, la teoría de la reencarnación niega la inmortalidad y en general transforma al hombre en un juguete de los procesos cósmicos ciegos. Esta teoría es tan falsa como pesimista.

¡Pero Cristo resucitó! Con Su fuerza nosotros nos levantaremos con nuestros cuerpos renovados, para una vida consciente y eterna.

Gloria a Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

 

  

 

 

 

 

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